
sábado, 5 de marzo de 2011

sábado, 26 de febrero de 2011

lunes, 24 de enero de 2011
sábado, 1 de mayo de 2010
Sin duda, ninguna forma de contar supera a la propia realidad contándose a sí misma. En todo caso, y en el siguiente escalón en cuanto a rigor y fidelidad a los hechos se refiere, solo los testigos directos de los mismos serían los más capacitados para aproximarse a ellos.
Lo que sí podría matizarse, pienso, es el cuestionamiento que Muñoz Molina hace sobre la utilidad de la ficción para “mantener presente lo que no debe olvidarse”. Está claro que la ficción no persigue dar testimonio fiel de la realidad —esa faceta corresponde a otra clase de narraciones y narradores—, pero eso no la convierte en un medio inútil de conocimiento de la verdad.
Es fundamental, por supuesto, conseguir la mayor exactitud en lo histórico; sin embargo, la exactitud en los datos no garantiza ni el acercamiento ni la implicación ni el aprendizaje a partir de ellos. Una buena prueba son todas las guerras televisadas de que las que hoy día somos testigos. No parece que el hecho de que la cámara nos las traiga a casa nos acerque más a ellas ni sirva para detenerlas. No siempre la realidad servida en crudo consigue aproximar, muchas veces aleja. La verdad pura y dura, cuando se conoce, produce efectos secundarios. Y hay además otra cuestión: no siempre quienes podrían contar de primera mano los hechos, se encuentran en condiciones de hacerlo. Yo misma tuve que renunciar a oír acerca de la guerra civil de boca de mi abuelo porque él mismo, decía siempre mi madre, no quería hablar de ello.
Y ahí es donde se justifica la utilidad de la ficción como forma de conocimiento. La ficción no es sino una simulación. Dicho así, estaríamos hablando de un engaño, de una mentira, porque algo simulado es algo que no es verdad. Sin embargo, Mario Vargas Llosa, en La verdad de las mentiras, nos da las claves para entender que en esa mentira que es la ficción se encierra más verdad que en la propia vida. Las novelas, dice, adoptan un sentido y un orden que la vida real no posee (esta es caótica y no tiene principio ni fin) y ofrecen al lector una perspectiva que su verdadera vida le niega, un orden inventado pero organizado que puede vivir con total impunidad, libre de consecuencias.

El hombre prehistórico pintaba en las paredes de sus cuevas escenas de figuras cazando, bailando o luchando. Al principio lo hacía de una forma muy naturalista; observaba y trataba de imitar lo que veía: un bisonte, un arquero, una flecha, una mujer con el pecho al descubierto. Con el tiempo, esas escenas se fueron haciendo más esquemáticas, menos realistas, y un dibujo en forma de peine podía representar la cornamenta de un ciervo o un círculo con un palo vertical en forma de Y invertida a una figura de sexo masculino. Y empezaron a aparecer también imágenes que, a su vez, resultaban de la superposición de otras imágenes; por ejemplo, una cabeza humana con fauces de animal. Eran imágenes que se inspiraban en su realidad cotidiana y hablaban de ella, pero al mismo tiempo constituían una realidad nueva, pues ya no eran idénticas a su modelo: las cabezas humanas con fauces de animal no existían, sino que eran una creación suya, una ficción de la que el hombre primitivo, sin embargo, se servía para poder acceder y contar acerca de sus creencias más profundas (sus miedos, la magia, los rituales).
Más realistas o más esquemáticas, esas escenas no solo eran pequeñas historias a través de las cuales el hombre primitivo recreaba o ficcionalizaba su propia vida por puro entretenimiento. A través de ellas se contaba, hurgaba en sí mismo, se descubría, se veía, se conocía a sí mismo, al tiempo que dejaba un testimonio gráfico y subjetivo que nos ha permitido conocerle y no olvidarle. Ojalá mi abuelo hubiese sido pintor o novelista y, con la distancia protectora —que no impermeabilizadora— de lo inventado, hubiese podido construirnos una ficción con todo el fulgor de los hechos que le tocó vivir. Ni siquiera mintiéndonos así, habríamos podido olvidarlos ni olvidarle.
domingo, 7 de marzo de 2010
Ayuda a Chile
Un amigo chileno residente en España y a quien el terremoto cogió en el aire volando a Chile, me envía desde allí la dirección de la ONG "Un techo para Chile":
http://www.untechoparachile.cl/
Esta ONG nació en 1997 con el objetivo de construir 350 casas para familias pobres en Curanilahue, al sur del país; la siguiente meta era construir dos mil viviendas antes del año 2000. Ambos objetivos se consiguieron y, actualmente, la organización trabaja en las áreas de Habilitación Social y Vivienda Definitiva bajo el lema "2o1o sin campamentos", con el propósito de construir viviendas definitivas y erradicar todos los campamentos del país antes de la celebración del bicentenario de su independencia. El terremoto del 27 de febrero, sin duda, pone ahora muy difícil la consecución de este objetivo. Toda ayuda es poca.
martes, 23 de febrero de 2010
FOTO: Bocas cerradas. Acuarelascardesin.blogspot.com
Conmoción. Así es como salí el sábado del cine, conmocionada. La causa, El secreto de sus ojos. Por alguna razón, quizá el título me parecía algo meloso, yo ni siquiera la había considerado. Pero M. A. insistía en que valía la pena y no dudó en acompañarme a verla, él por segunda vez, lo que teniendo en cuenta los precios que se gasta el cine no dejaba de ser una buenísima señal. Apenas pestañeé el tiempo que duró la película. Drama, humor, intriga. Soledad, amor, justicia. ¡¿Justicia?¡ La peor forma de justicia que puede infligírsele a un ser humano, ¿cuál sería? ¿Cárcel, pena de muerte, trabajos forzados…? ¿Tal vez el silencio? No, no su silencio, sino el de los otros, el de su carcelero, la única persona que en este caso, juez y parte a la vez, podía suavizar su condena. Veinte años de silencio absoluto. Ni una sola palabra. Veinte años sin oír una voz. Veinte años de nada. "¿Cómo se pueden vivir veinte años de nada?", le pregunta Ricardo Darín a Soledad Villamil sin saber que pocos fotogramas después se encontrará de cara con la nada suprema, la del silencio, el castigo para el culpable, y tendrá que enfrentarse a sí mismo y a la disyuntiva de rebajar o no la condena al culpable simplemente pronunciando para él una palabra. "Dime algo" le pide el condenado. Pero no. Silencio. Nada. Dos décadas de nada en una secuencia de apenas un minuto que te devuelve a la calle sin aire, conmocionado, sin palabras.
lunes, 28 de diciembre de 2009

Ha venido a mis manos calentito, con el rostro algo enrojecido pero fotogénico y muchas ganas de dejarse oír, como los bebés recién nacidos y justamente en Navidad. La verdad es que hacía más de nueve meses que lo esperábamos, y mira por dónde ha sido hoy, día de los inocentes, cuando por fin he podido traérmelo a casa y aquí lo tengo, mirándome con ojos pícaros, haciéndome monerías para que lo coja, le haga cosquillas, le rasque la tripita y, seguramente, cuando tenga la guardia baja, colgarme el monigote en la espalda y descubrirme su verdadero yo de Hombre hecho y derecho.
Dos de esos cuentos tienen como escenario una peluquería y, precisamente, ante mi curiosidad (por no decir inquietud), me comentaban Luzmaría y Marta que nada más lejos de la realidad el pensar que, al tratarse de un premio de narrativa escrita por mujeres, dicha ambientación sea el motivo por el que los mismos han resultado elegidos. Ellas reivindican la categoría de narrativa de mujeres, por llamarla de algún modo, dentro de la literatura; una categoría que, dicen, a diferencia de otros países, en España cuando se menciona siempre va acompañada de la connotación y la oblicua sombra de los eternos temas femeninos, idea errónea que las editoras de Torremozas entienden debe desterrarse.
Al margen de categorías literarias o no (que no comparto del todo deban existir), algo probablemente sepan ellas de esto, de la neutralidad o la universalidad o, puestos, el hermafroditismo de la literatura actual escrita por mujeres, ya que llevan más de veinte años publicándola, especialmente poesía, y convocando el Premio Ana María Matute de Narrativa de mujeres. Para ejemplo, valgan quizá estos siete relatos que conforman Senderos sobre el abismo (Nietzsche enajenado), de la colección Ellas También Cuentan (ETC).
Enhorabuena a las autoras y gracias a las editoras por su estupendo trabajo y sobre todo su cercanía.
lunes, 7 de diciembre de 2009

El silencio de las palabras:
Chus Arellano
Poco después asistí a uno de sus recitales-exposiciones-proyecciones, que no sé bien cuál es el término acertado para referirse a un espectáculo en el que se combinan la poesía, la imagen y el sonido. Solo sé que me gustó mucho.
Nadie mejor que él para aproximarnos a su obra, y así lo hacía al presentar su espectáculo poético en el Centro Cultural Blas de Otero de San Sebastián de los Reyes:
“Partiendo “absolutamente” de la teoría de los actos de habla, este espectáculo poético pretende inmiscuir al público en los vericuetos que sigue la poesía de hoy en día; demostrar que la palabra nos habita antes, después y a pesar de los poetas; aprovechando técnicas heredadas de las vanguardias, de la experimentación o de la poesía popular y tradicional, se propone un espectáculo que pretende desmontar el clásico recital poético; para ello se vale de elementos visuales, de literatura potencial o de la incorporación de nuevas tecnologías; como muestra un botón, léase (o véase) el poema titulado pacifismo:
PIM
PAZ
PUM”
Chus Arellano ha participado en la realización de Clave, Diccionario del Español Urgente (Agencia EFE) y de REDES, Diccionario Combinatorio del Español Actual (dirigido por Ignacio Bosque), y su poesía se ha publicado en diversas antologías.
Os dejo con algunos de sus poemas, donde la palabra disfruta de un doble protagonismo, como herramienta de expresión y como objeto poético. Espero que os gusten.
lunes, 5 de octubre de 2009

Por las BARBAS de CORTÁZAR
Corrían los años 50 del siglo XX y el maestro ya no era un chiquillo, sino un escritor en plena madurez que para entonces había realizado algunas de las elecciones más importantes de su vida, lo que probablemente registraría ya su rostro: la dedicación plena a la literatura, su compromiso político con los movimientos revolucionarios de América Latina y el abandono definitivo de Argentina para instalarse en París, donde fallecería.

Junto a ello, su pertenencia a la clase media del cinturón industrial de Buenos Aires, así como la condición de hija ilegítima de su madre imprimirían a la familia cierto complejo social, inexpresado, pero que marcaría algunos de los rasgos de la personalidad de Cortázar: su afán obsesivo por huir de la mediocridad a través de la cultura y la erudición; la actitud en ocasiones posibilista del autor, que durante sus años argentinos llegaría a ocupar distintos puestos en la enseñanza normal y universitaria, de la mano de amigos influyentes cuya identidad jamás desveló.
A la satisfacción que suponían tales oportunidades, se sumaban, en el otro platillo de la balanza, el sentimiento de precariedad que implicaba para él acceder a la docencia universitaria al margen del procedimiento habitual de concurso y sin un título superior que lo avalara —inició estudios de Filosofía y Letras, pero no consta que llegase a obtener el título— y el tremendo esfuerzo para hacerse con la carrera de traductor en un tiempo récord de apenas nueve meses.
El que llegaba a París era un Julio Cortázar anónimo ya por muy poco tiempo tras su recién conseguida barba. Casualidad o no en el caso del maestro, nada expresa mejor la idea de paso de página, de cambio, de crecimiento, de madurez de un personaje que el crecimiento de una buena barba, sea ésta real o narrativa.
lunes, 18 de mayo de 2009

BENEDETTI, EN EL LADO OSCURO DEL CORAZÓN
Nos quedamos aquel día con ganas de mucho más. Pero yo, sobre todo, me quedé con la rebeldía del poeta que, cuando ya no pudo más y sin que se le moviera un pelo, acabó advirtiéndole a su entrevistadora que no tenía ninguna intención de morirse tan pronto, o algo parecido, que no recuerdo las palabras exactas, pero sí el hartazgo que traslucían a pesar de la diplomacia con que fueron expresadas.
Hoy, tras su muerte, me quedo con uno de sus poemas en la voz del actor Darío Grandinetti, Oliverio en la película El lado oscuro del corazón, el sueño de una realidad, del director Eliseo Subiela.
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