Mostrando entradas con la etiqueta Impresiones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Impresiones. Mostrar todas las entradas

sábado, 5 de marzo de 2011




Ella, entre sueños, se retiró de la frente un mechón suelto. Él vio cómo del mechón se soltaba un cabello negro, resbalaba por el rostro de ella desde la nariz a la barbilla y se lanzaba desde ahí como de lo alto de un precipicio. Sin perder detalle le siguió en su recorrido. Al final del trayecto, descansando sobre el pecho de ella, una hebra plateada. Bastó un instante.


sábado, 26 de febrero de 2011




Sólo tenía que observar, ordenar aquellos fotogramas en mi cerebro y dejar que ocurriesen, que nacieran al espacio y al tiempo. Y sucedió. Pasó todo con un dinamismo predecible, como si la realidad fuese un trozo de papel doblado en acordeón y se desdoblase inevitablemente al contacto con el aire, con mi conocimiento, con mi conciencia: Anochecía. El empleado del parque se acercó para vaciar de basura la papelera junto al banco. Dentro estaba yo, que caí fuera de aquel enorme círculo de tierra ni blanco ni negro, y era aún demasiado pequeño para conocer mi nombre y mis apellidos.


lunes, 24 de enero de 2011




Las cosas, los objetos me refiero, no lloran, tienen entre ellos ese pacto. Desde el principio, desde siempre. Impasibilidad. Nada de lágrimas. Poca gente que se sepa está al corriente de ello, probablemente porque poca gente pueda imaginarse que entre los objetos sea posible tanta unanimidad. El caso es que ellos, los objetos, al menos en ese aspecto son unánimes. Y leales. Si lo hiciesen, si arrancasen alguna vez a llorar no solo romperían su pacto, también estarían dándoles el gusto a los otros, a nosotros los sujetos, de ver cómo la ecuación del mundo se equilibra y a ambos lados de la igualdad solo y nada más hay llanto.


sábado, 1 de mayo de 2010




La verdad de las mentiras

Aunque categórica, poco hay que objetar a la afirmación de Antonio Muñoz Molina ayer viernes en Babelia:

“No hay ficción que esté a la altura del fulgor seco de los hechos”.

Sin duda, ninguna forma de contar supera a la propia realidad contándose a sí misma. En todo caso, y en el siguiente escalón en cuanto a rigor y fidelidad a los hechos se refiere, solo los testigos directos de los mismos serían los más capacitados para aproximarse a ellos.

Lo que sí podría matizarse, pienso, es el cuestionamiento que Muñoz Molina hace sobre la utilidad de la ficción para “mantener presente lo que no debe olvidarse”. Está claro que la ficción no persigue dar testimonio fiel de la realidad —esa faceta corresponde a otra clase de narraciones y narradores—, pero eso no la convierte en un medio inútil de conocimiento de la verdad.

Es fundamental, por supuesto, conseguir la mayor exactitud en lo histórico; sin embargo, la exactitud en los datos no garantiza ni el acercamiento ni la implicación ni el aprendizaje a partir de ellos. Una buena prueba son todas las guerras televisadas de que las que hoy día somos testigos. No parece que el hecho de que la cámara nos las traiga a casa nos acerque más a ellas ni sirva para detenerlas. No siempre la realidad servida en crudo consigue aproximar, muchas veces aleja. La verdad pura y dura, cuando se conoce, produce efectos secundarios. Y hay además otra cuestión: no siempre quienes podrían contar de primera mano los hechos, se encuentran en condiciones de hacerlo. Yo misma tuve que renunciar a oír acerca de la guerra civil de boca de mi abuelo porque él mismo, decía siempre mi madre, no quería hablar de ello.

Y ahí es donde se justifica la utilidad de la ficción como forma de conocimiento. La ficción no es sino una simulación. Dicho así, estaríamos hablando de un engaño, de una mentira, porque algo simulado es algo que no es verdad. Sin embargo, Mario Vargas Llosa, en La verdad de las mentiras, nos da las claves para entender que en esa mentira que es la ficción se encierra más verdad que en la propia vida. Las novelas, dice, adoptan un sentido y un orden que la vida real no posee (esta es caótica y no tiene principio ni fin) y ofrecen al lector una perspectiva que su verdadera vida le niega, un orden inventado pero organizado que puede vivir con total impunidad, libre de consecuencias.

Justo ahí residiría la verdad de la ficción, en su capacidad de hacernos "vivir" una ilusión sin los efectos secundarios que suelen acompañar a la vida real, con esa «distancia tranquilizadora, “de época”» de la que habla Antonio Muñoz Molina, pero que no tiene por qué suponer necesariamente, como él señala, una banalización de los hechos.



El hombre prehistórico pintaba en las paredes de sus cuevas escenas de figuras cazando, bailando o luchando. Al principio lo hacía de una forma muy naturalista; observaba y trataba de imitar lo que veía: un bisonte, un arquero, una flecha, una mujer con el pecho al descubierto. Con el tiempo, esas escenas se fueron haciendo más esquemáticas, menos realistas, y un dibujo en forma de peine podía representar la cornamenta de un ciervo o un círculo con un palo vertical en forma de Y invertida a una figura de sexo masculino. Y empezaron a aparecer también imágenes que, a su vez, resultaban de la superposición de otras imágenes; por ejemplo, una cabeza humana con fauces de animal. Eran imágenes que se inspiraban en su realidad cotidiana y hablaban de ella, pero al mismo tiempo constituían una realidad nueva, pues ya no eran idénticas a su modelo: las cabezas humanas con fauces de animal no existían, sino que eran una creación suya, una ficción de la que el hombre primitivo, sin embargo, se servía para poder acceder y contar acerca de sus creencias más profundas (sus miedos, la magia, los rituales).

Más realistas o más esquemáticas, esas escenas no solo eran pequeñas historias a través de las cuales el hombre primitivo recreaba o ficcionalizaba su propia vida por puro entretenimiento. A través de ellas se contaba, hurgaba en sí mismo, se descubría, se veía, se conocía a sí mismo, al tiempo que dejaba un testimonio gráfico y subjetivo que nos ha permitido conocerle y no olvidarle. Ojalá mi abuelo hubiese sido pintor o novelista y, con la distancia protectora —que no impermeabilizadora— de lo inventado, hubiese podido construirnos una ficción con todo el fulgor de los hechos que le tocó vivir. Ni siquiera mintiéndonos así, habríamos podido olvidarlos ni olvidarle.

domingo, 7 de marzo de 2010




Ayuda a Chile

Un amigo chileno residente en España y a quien el terremoto cogió en el aire volando a Chile, me envía desde allí la dirección de la ONG "Un techo para Chile":

http://www.untechoparachile.cl/

Esta ONG nació en 1997 con el objetivo de construir 350 casas para familias pobres en Curanilahue, al sur del país; la siguiente meta era construir dos mil viviendas antes del año 2000. Ambos objetivos se consiguieron y, actualmente, la organización trabaja en las áreas de Habilitación Social y Vivienda Definitiva bajo el lema "2o1o sin campamentos", con el propósito de construir viviendas definitivas y erradicar todos los campamentos del país antes de la celebración del bicentenario de su independencia. El terremoto del 27 de febrero, sin duda, pone ahora muy difícil la consecución de este objetivo. Toda ayuda es poca.

martes, 23 de febrero de 2010




El secreto de la voz


FOTO: Bocas cerradas. Acuarelascardesin.blogspot.com


Conmoción. Así es como salí el sábado del cine, conmocionada. La causa, El secreto de sus ojos. Por alguna razón, quizá el título me parecía algo meloso, yo ni siquiera la había considerado. Pero M. A. insistía en que valía la pena y no dudó en acompañarme a verla, él por segunda vez, lo que teniendo en cuenta los precios que se gasta el cine no dejaba de ser una buenísima señal. Apenas pestañeé el tiempo que duró la película. Drama, humor, intriga. Soledad, amor, justicia. ¡¿Justicia?¡ La peor forma de justicia que puede infligírsele a un ser humano, ¿cuál sería? ¿Cárcel, pena de muerte, trabajos forzados…? ¿Tal vez el silencio? No, no su silencio, sino el de los otros, el de su carcelero, la única persona que en este caso, juez y parte a la vez, podía suavizar su condena. Veinte años de silencio absoluto. Ni una sola palabra. Veinte años sin oír una voz. Veinte años de nada. "¿Cómo se pueden vivir veinte años de nada?", le pregunta Ricardo Darín a Soledad Villamil sin saber que pocos fotogramas después se encontrará de cara con la nada suprema, la del silencio, el castigo para el culpable, y tendrá que enfrentarse a sí mismo y a la disyuntiva de rebajar o no la condena al culpable simplemente pronunciando para él una palabra. "Dime algo" le pide el condenado. Pero no. Silencio. Nada. Dos décadas de nada en una secuencia de apenas un minuto que te devuelve a la calle sin aire, conmocionado, sin palabras.


lunes, 28 de diciembre de 2009




ETC



Esta mañana he conocido a Luzmaría y Marta, las editoras de Ediciones Torremozas, y he pasado un rato muy agradable con ellas. El culpable: Senderos sobre el abismo (Nietzsche enajenado), el libro que contiene los relatos ganador y finalistas del XXI Premio Ana María Matute de Narrativa de Mujeres.

Ha venido a mis manos calentito, con el rostro algo enrojecido pero fotogénico y muchas ganas de dejarse oír, como los bebés recién nacidos y justamente en Navidad.
La verdad es que hacía más de nueve meses que lo esperábamos, y mira por dónde ha sido hoy, día de los inocentes, cuando por fin he podido traérmelo a casa y aquí lo tengo, mirándome con ojos pícaros, haciéndome monerías para que lo coja, le haga cosquillas, le rasque la tripita y, seguramente, cuando tenga la guardia baja, colgarme el monigote en la espalda y descubrirme su verdadero yo de Hombre hecho y derecho.

Dos de esos cuentos tienen como escenario una peluquería y, precisamente, ante mi curiosidad (por no decir inquietud), me comentaban Luzmaría y Marta que nada más lejos de la realidad el pensar que, al tratarse de un premio de narrativa escrita por mujeres, dicha ambientación sea el motivo por el que los mismos han resultado elegidos. Ellas reivindican la categoría de narrativa de mujeres, por llamarla de algún modo, dentro de la literatura; una categoría que, dicen, a diferencia de otros países, en España cuando se menciona siempre va acompañada de la connotación y la oblicua sombra de los eternos temas femeninos, idea errónea que las editoras de Torremozas entienden debe desterrarse.

Al margen de categorías literarias o no (que no comparto del todo deban existir), algo probablemente sepan ellas de esto, de la neutralidad o la universalidad o, puestos, el hermafroditismo de la literatura actual escrita por mujeres, ya que llevan más de veinte años publicándola, especialmente poesía, y convocando el Premio Ana María Matute de Narrativa de mujeres. Para ejemplo, valgan quizá estos siete relatos que conforman Senderos sobre el abismo (Nietzsche enajenado), de la colección Ellas También Cuentan (ETC).

Enhorabuena a las autoras y gracias a las editoras por su estupendo trabajo y sobre todo su cercanía.

lunes, 7 de diciembre de 2009




El silencio de las palabras:
Chus Arellano



Chus Arellano es poeta, lexicógrafo y profesor. Yo le conocí primero en esta última faceta, cuando me apunté a su curso de poesía en el centro cultural de un popular barrio de Madrid. A aquel grupo, en ese momento, solo asistían dos personas. Por experiencia sé que determinados cursos (idiomas, bailes de salón, taichi, batuka... ) venden mejor que otros (poesía, escritura creativa... ), según los barrios en los que se oferten. El caso es que las clases de Chus eran magníficas, de primerísima calidad, y a él no parecía importarle desplazarse hasta una zona que no cogía precisamente de paso a nadie, ni si enseñaba para dos o para veinte. Su entusiasmo era el mismo y su profesionalidad indiscutible.

Poco después asistí a uno de sus recitales-exposiciones-proyecciones, que no sé bien cuál es el término acertado para referirse a un espectáculo en el que se combinan la poesía, la imagen y el sonido. Solo sé que me gustó mucho.

Nadie mejor que él para aproximarnos a su obra, y así lo hacía al presentar su espectáculo poético en el Centro Cultural Blas de Otero de San Sebastián de los Reyes:

Poesía Perlocutiva, por Chus Arellano:

“Partiendo “absolutamente” de la teoría de los actos de habla, este espectáculo poético pretende inmiscuir al público en los vericuetos que sigue la poesía de hoy en día; demostrar que la palabra nos habita antes, después y a pesar de los poetas; aprovechando técnicas heredadas de las vanguardias, de la experimentación o de la poesía popular y tradicional, se propone un espectáculo que pretende desmontar el clásico recital poético; para ello se vale de elementos visuales, de literatura potencial o de la incorporación de nuevas tecnologías; como muestra un botón, léase (o véase) el poema titulado pacifismo:


PIM
PAZ
PUM”



Chus Arellano ha participado en la realización de Clave, Diccionario del Español Urgente (Agencia EFE) y de REDES, Diccionario Combinatorio del Español Actual (dirigido por Ignacio Bosque), y su poesía se ha publicado en diversas antologías.

Os dejo con algunos de sus poemas, donde la palabra disfruta de un doble protagonismo, como herramienta de expresión y como objeto poético. Espero que os gusten.



Caza


Hay un amor al silencio en todas las palabras;

una tendencia a desaparecer lo antes posible;

una pausa entre cada sílaba por la que se quieren

colar; hay algo que ellas saben más que ellas, al-

go de donde vienen y a donde van; pero en si-

lencio, como animales que se saben deseados.



Siesta


Después del luego, la marea -mareo- de todas

las palabras toma su asiento en la mesa redonda

del recuerdo; la memoria recuece en sus altos

hornos la mesa enunciativa y se hacen con ellas

una sábana, en la que se echa a dormir, más o

menos a las cuatro de la tarde.



Eco
post scríptum

¿Como si se pudiese hablar, así como así, de todas

las palabras?

lunes, 5 de octubre de 2009




Por las BARBAS de CORTÁZAR

Dicen que, con los años, las personas adquirimos el rostro de quienes en verdad somos y de lo que hemos vivido, y que ya no hay vuelta atrás, pues los rasgos faciales dibujan y muestran entonces —para bien o para mal—, nuestro exacto y auténtico mapa interior.

Tal vez por ello, un buen día, Julio Cortázar decidiera dejarse barba.

Corrían los años 50 del siglo XX y el maestro ya no era un chiquillo, sino un escritor en plena madurez que para entonces había realizado algunas de las elecciones más importantes de su vida, lo que probablemente registraría ya su rostro: la dedicación plena a la literatura, su compromiso político con los movimientos revolucionarios de América Latina y el abandono definitivo de Argentina para instalarse en París, donde fallecería.

Suele hablarse de un antes y un después de París en la vida y obra de Cortázar. Lo cierto es que, en esta ciudad, el escritor adquiriría finalmente notoriedad pública y acabaría cubriendo el rostro delgado y lampiño de su época preparisina (despejado como las grandes extensiones pamperas en las que discurrieron sus primeros años docentes) con una barba oscura y espesa, que algunos atribuirían sarcásticamente a un rumoreado tratamiento de hormonas.




Cierto o no el rumor, tras la barba iban a quedar camufladas muchas cosas. Se disimularían con ella, no solo el paso de los años, sino también las huellas que dejó en Cortázar el abandono temprano por parte del padre del núcleo familiar y, como consecuencia, el crecimiento del escritor al abrigo exclusivo de figuras femeninas (madre, hermana y tía).

Junto a ello, su pertenencia a la clase media del cinturón industrial de Buenos Aires, así como la condición de hija ilegítima de su madre imprimirían a la familia cierto complejo social, inexpresado, pero que marcaría algunos de los rasgos de la personalidad de Cortázar: su afán obsesivo por huir de la mediocridad a través de la cultura y la erudición; la actitud en ocasiones posibilista del autor, que durante sus años argentinos llegaría a ocupar distintos puestos en la enseñanza normal y universitaria, de la mano de amigos influyentes cuya identidad jamás desveló.

A la satisfacción que suponían tales oportunidades, se sumaban, en el otro platillo de la balanza, el sentimiento de precariedad que implicaba para él acceder a la docencia universitaria al margen del procedimiento habitual de concurso y sin un título superior que lo avalara —inició estudios de Filosofía y Letras, pero no consta que llegase a obtener el título— y el tremendo esfuerzo para hacerse con la carrera de traductor en un tiempo récord de apenas nueve meses.

Sin embargo, es posible que, más que todo lo anterior, los relieves más pronunciados de su rostro los esculpiese el deseo siempre perseguido de cambiar una Argentina que el escritor consideraba, en palabras del biógrafo Eduardo Montes-Bradley, “dormida en la siesta americana”, por la prometedora Europa de las vanguardias. Después de todo, Cortázar había nacido en Europa, concretamente en Bruselas, en 1914, y, cuando todavía apenas caminaba, ya lo hacía por las animadas calles de Zürich, donde en esos momentos la familia del escritor y la vida artística y cultural europea se refugiaban de la guerra recién iniciada.

No es de extrañar, por tanto, que Cortázar eligiese Europa como destino final de un viaje que había iniciado en dicho continente treinta años antes en brazos de su madre, abuela y hermana, y que vendría a cerrarse circularmente en París en 1951.

El que llegaba a París era un Julio Cortázar anónimo ya por muy poco tiempo tras su recién conseguida barba. Casualidad o no en el caso del maestro, nada expresa mejor la idea de paso de página, de cambio, de crecimiento, de madurez de un personaje que el crecimiento de una buena barba, sea ésta real o narrativa.




lunes, 18 de mayo de 2009




BENEDETTI, EN EL LADO OSCURO DEL CORAZÓN

La primera y única vez que pude ver y oír al poeta en directo fue hace cinco años, en el Círculo de Bellas Artes, entrevistado por Concha García Campoy. Me encontré entonces con un chaval de solo ochenta y tres años. Y digo solo porque, a pesar del empeño de la entrevistadora en subrayar lo avanzado de la edad del autor y la cercanía inevitable de su muerte, Benedetti, con la habilidad para el regate de los que a la plena juventud suman también la plena lucidez que otorga la experiencia, supo culebrear entre las insistentes, innecesarias y groseras insinuaciones de la señora Campoy, que, incapaz de colocarse a la altura literaria, humana y periodística que el personaje exigía, desaprovechó una ocasión de oro para acercarse y acercarnos a todos un poquito más al autor.

Nos quedamos aquel día con ganas de mucho más. Pero yo, sobre todo, me quedé con la rebeldía del poeta que, cuando ya no pudo más y sin que se le moviera un pelo, acabó advirtiéndole a su entrevistadora que no tenía ninguna intención de morirse tan pronto, o algo parecido, que no recuerdo las palabras exactas, pero sí el hartazgo que traslucían a pesar de la diplomacia con que fueron expresadas.

Hoy, tras su muerte, me quedo con uno de sus poemas en la voz del actor Darío Grandinetti, Oliverio en la película El lado oscuro del corazón, el sueño de una realidad, del director Eliseo Subiela.


Video de Youtube