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viernes, 11 de marzo de 2011




Comunidad, de Frank Kafka

Somos cinco amigos; cierta vez salimos uno detrás del otro de una casa; primero vino uno y se puso junto a la entrada; luego vino, o mejor dicho, se deslizó tan ligeramente como se desliza una bolita de mercurio, el segundo, y se puso no lejos del primero; luego el tercero, luego el cuarto, luego el quinto. Finalmente todos estábamos de pie, en una línea. La gente se fijó en nosotros y señalándonos decía: los cinco acaban de salir de esa casa. Desde entonces vivimos juntos, y tendríamos una vida pacífica si un sexto no viniera siempre a entrometerse. No nos hace nada, pero nos molesta, lo que ya es bastante; ¿por qué se introduce por fuerza allí donde no se le quiere? No lo conocemos y no queremos aceptarlo con nosotros. Nosotros cinco, en verdad, tampoco nos conocíamos antes y, si se quiere, tampoco nos conocemos ahora, pero lo que es posible y admitido entre nosotros cinco es imposible e inadmisible en ese sexto. Además somos cinco y no queremos ser seis. Por otra parte, qué sentido puede tener esta convivencia permanente, si entre nosotros cinco tampoco tiene sentido, pero nosotros ya estamos juntos y seguimos estándolo, pero no queremos una nueva unión, precisamente en razón de nuestras experiencias. Pero ¿cómo enseñar todo esto al sexto, puesto que largas explicaciones implicarían ya una aceptación en nuestro círculo? Es preferible no explicar nada y no aceptarlo. Por mucho que frunza los labios, lo alejamos empujándolo con el codo, pero por más que lo hagamos, vuelve siempre otra vez.


domingo, 23 de enero de 2011




Cinematografía

Mario Ayala se hizo el harakiri en medio de la reunión. Acabábamos de aprobar por mayoría absoluta su proyecto, pero él vino a arrodillarse delante de mí, separó los botones de su camisa blanca, sacó una daga del bolsillo del pantalón y se la clavó en el abdomen. Un chorro de sangre de caudal fino pero fluido brotó de la herida con potencia suficiente como para salvar el ancho de la mesa e ir a parar dentro del vaso de agua medio lleno del director adjunto; la mitad superior de su cuerpo quedó unos segundos balanceándose levemente en el aire, luego cayó hacia atrás y se desplomó sobre el suelo de cerámica. Nadie gritó. El director adjunto y el jefe de recursos humanos abandonaron la sala en silencio. Mientras la secretaria se agachaba y le cerraba a Mario Ayala los ojos entreabiertos, sudorosos, volvieron a sentirse bajo nosotros aquellas turbulencias que solo se dejaban notar en la sala de reuniones y que se parecían, o eso pensé, al hormigueo que produce una máquina de afeitar sobre la piel, como miles de hormigas rascándote con sus antenas las plantas de los pies. Mario Ayala no podía sentirlo, estaba muerto. Se había quitado de en medio dios sabía por qué motivo y ya nunca sabría de dónde procedían aquellas vibraciones.

jueves, 4 de marzo de 2010




Zafarrancho

Hacía falta una limpieza a fondo. Compró todo lo necesario para ponerse a ello. Se subió a la escalera y despejó los altillos, quitó las alfombras, vació la nevera, arregló los cajones, ordenó los estantes, espulgó entre los papeles viejos, rompió las revistas guarras; tiró los libros no leídos, los trastos olvidados en el balcón y la ropa fuera de temporada. Cuando volvió de sacar la basura, dio un repaso rápido a la casa. En el cajón de los amigos no quedaba nadie, pero olía como nunca a limpio.


jueves, 7 de enero de 2010




Melchor, Gaspar, Baltasar y...



No me queda más remedio que defender la causa perdida del cuarto Rey mago que, un adelantado a su tiempo, ya por entonces empezó a decir NO a los NOES. Por el camino se paraba a dar SÍES a todo y todos cuantos se le cruzaban, mientras sus tres colegas continuaban camino tras la estrella sin detenerse. Él, claro, perdió la estrella de vista, se salió de la ruta y no llegó nunca a adorar al niño. Nadie ha vuelto a hablar de él, nadie le conoce, nadie le espera, por lo que, aprovechando su anonimato, el cuarto Rey mago ha terminado haciéndose constructor y vendiendo parcelas de mundo en excelentes calidades, y en primera línea de la irrealidad.


martes, 22 de diciembre de 2009




MÁSCARAS

El padre tira una moneda al aire. Sale cara, lo que significa que el único disfraz, de angelito este año, lo usará el hermano mayor. El pequeño aunque decepcionado no echa una sola lágrima. La verdad es que le habría encantado llevarlo él. Siempre antes de dormir le desean dulces sueños, con coros de angelitos; pero él apenas sueña y si lo hace no recuerda lo soñado, o sí, pero nunca angelitos, sino payasos sin nariz, títeres ardiendo, mascotas sin hermanos, lápices de punta muy fina.

Y otro año, sin disfraz, el pequeño corre a jugar al parque. Dos niñas de su edad juegan a la comba. Una de ellas, al verlo, suelta de golpe la cuerda y se lo señala a la otra con el dedo.

—Mira ahí —le dice bajito—, el demonio.


Finalista del I Concurso de Microrrelatos Museo de la Palabra y publicado en Más allá de la Medida

lunes, 22 de junio de 2009




LIOFILIZACIÓN

Armstrong contempló la huella de sus pisadas sobre la superficie polvorienta.
De no ser porque Aldrin dormía en el interior
de la nave
bajo los efectos de la Biodramina y la sobreingestión
de hamburguesas liofilizadas, le habría cedido de buen grado el privilegio del paseo; las botas del traje le venían pequeñas y notaba los talones lastimados. Pero al fin y al cabo él era el comandante. Debería haber contactado con la base nada más llegar y pronunciado, para que pudiera oírla todo el mundo, la frase pactada. Decidió en cambio que bien podía tomarse su tiempo. No se veía un alma en kilómetros y la temperatura era buena. Todo era silencio. Valía la pena aprovechar la ocasión, siempre y cuando, se dijo, no hubiese testigos. Claro que estaba Aldrin, pero se le veía cabeceando al otro lado de la ventanilla, con lo que probablemente no se enteraría de nada.

De todos modos era mejor no correr riesgos, así que Armstrong volvió sobre sus pasos y, con un clic en la pechera de su traje, activó el plegado de emergencia hasta dejar la nave reducida al tamaño de un sello de correos. La introdujo en un bolsillo de su pantalón y cerró la cremallera. Luego, se quitó los guantes y con las manos libres fue despojándose del casco, la camisa, los tubos de evacuación y las perneras hasta quedarse completamente desnudo. Eligió una roca poco rugosa donde poder tumbarse boca arriba, los brazos por almohada, para poder mirar desde lejos la Luna. Desde allí, parecía más bella. Otra misión fallida, imaginó que se lamentarían allí arriba los suyos. En torno a él no se oía un suspiro. Esto es un mar de tranquilidad, fue lo último que pensó Armstrong antes de quedarse dormido en la cara oculta de la tierra.

jueves, 2 de abril de 2009




EN LÍNEA



La taquillera del metro le indicó que tomase la línea naranja. Al llegar al hospital, una línea roja en el suelo del vestíbulo le condujo zizagueante hasta la ventanilla de citaciones. Ya en la calle, de vuelta a la oficina, tuvo que desviarse ligeramente de su camino ante una cinta amarilla que señalaba obras… A la hora de la cena hizo cola en un autoservicio cercano a casa: encontró las ensaladas al final de la línea blanca.

Cuando entró en su apartamento, solo tuvo que seguir el rastro de orina de la perra para orientarse hasta el dormitorio.


Finalista del V Premio de Microrrelatos El Basar Montcada Ràdio, y publicado en Microorganismes

viernes, 27 de marzo de 2009




SHHHH


Un agente con silbato, una cría a quien le ha explotado el globo en la cara, varios congregados con y contra el trasvase interregional de partículas alfa en suspensión, un chapuzas de pico y pala, dos recién atracados, varios niñatos con MP3, una filarmónica de ancianos con tos asmática, 1808 japoneses en corrillo en búsqueda de tesoros, el equipo local de fútbol en traje de celebración...

Pasaban a su lado y él, dueño de su silencio, leía el reproche en sus caras.


Finalista del I Concurso de Microrrelatos Madrid 1808

domingo, 8 de marzo de 2009




QUISIERA SER TAN ALTO

Naim, quien ahora se hace llamar Jaime, aprovecha un hueco sin coches y deja la bandeja del té sobre el asfalto. Tan altas como palmeras, piensa de las farolas. Sentado en cuclillas, sirve unos cuantos vasos y espera. Ha bajado ocho pisos de escaleras hasta la calle, dejando atrás chirridos de puertas que se abrían y cerraban al tintineo del cristal en el cobre, al aroma del té donde hoy flota menta aunque a él no le sienta bien. Aun así lo prueba. Está caliente y muy dulce. Bebe a pequeños sorbos al tiempo que espera. Lo encuentra todo tan nuevo. Desde la terraza del tercero un viejo con buena puntería escupe y va a caerle muy cerca, casi atina en la bandeja del té. Naim no se inmuta. Bebe té de menta. Sigue esperando. Tan altos como las nubes, piensa de los edificios que le rodean.

El té ya no humea y es de noche cuando el viejo del tercero baja a la calle y coge un vaso de la bandeja:

—¿Lleva menta? —pregunta.

Naim asiente sin atreverse a mirarle.

—La menta me da ardor —se queja el viejo.

—También a mí —dice Naim, quien ahora se hace llamar Jaime, y que al alzar la vista tímidamente hacia el viejo se encuentra con el que piensa es, sin duda, un hombre tan alto como la luna.