jueves, 4 de marzo de 2010




Zafarrancho

Hacía falta una limpieza a fondo. Compró todo lo necesario para ponerse a ello. Se subió a la escalera y despejó los altillos, quitó las alfombras, vació la nevera, arregló los cajones, ordenó los estantes, espulgó entre los papeles viejos, rompió las revistas guarras; tiró los libros no leídos, los trastos olvidados en el balcón y la ropa fuera de temporada. Cuando volvió de sacar la basura, dio un repaso rápido a la casa. En el cajón de los amigos no quedaba nadie, pero olía como nunca a limpio.


viernes, 26 de febrero de 2010




SARA, de Fleetwood Mac


jueves, 25 de febrero de 2010




CUNA, de Isabel González
(ganadora del VIII Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor convocado por Escuela de Escritores)

Compré todo lo necesario para amarte. Una pelota hinchable y siete alcayatas. "Hoy no es mi cumpleaños", me dijiste. "Da igual. Ábrelo", insistí. Rompiste el papel de mala gana y apareció la pelota desinflada. En otro paquete diminuto estaban las alcayatas. Hasta aquella mañana, yo ni siquiera sabía que se llamaban alcayatas. Por eso me gusta entrar a la ferretería. Echar un ojo por ahí y cuando me decido, pedirle al encargado que me ponga siete de eso. "¿Siete alcayatas?". "Exacto. Siete alcayatas", pronuncio por primera vez y una bandada de gorriones remonta el vuelo desde mi estómago. Los nombres suelen ser más bellos que las cosas. Me gustan especialmente Bernardo y tachuelas. Pero no puedes llamar a nadie Bernardo Tachuelas. He aquí la esclavitud de las palabras. Estuve a punto de conocer a un Bernardo y conocí unas tachuelas, que son como las chinchetas aunque no es necesario que su cabeza sea circular y chata. Algo sin complicaciones. Lo que puedo ofrecerte. También una pelota de playa. "¡Vamos, hínchala!", te animé. Y empezaste a soplar. Supongo que los dermatólogos ya han estudiado este fenómeno. La tersura que gana terreno a las arrugas. La posibilidad de rejuvenecer un rostro soplando por sus narices. Tú, sin embargo, no parecías contento. Tenías miedo. Miedo de que explotara. Esta vez no lo hizo y vimos que el balón traía dibujado un perro con un cubo entre los dientes, un perro con un cubo entre los dientes, un perro con un cubo entre los dientes. Un motivo que se repetía en el ecuador del balón. "¡Abre el otro, venga!", te apremié. Suspiraste resignado y tus dedos se hicieron torpes con el minúsculo envoltorio. Al final, arrancaste el celo con los dientes y te pinchaste. "¡Mierda!", dijiste. Tu boca empezó a sangrar y yo te traje alcohol y agua del grifo. Estabas tan apurado que untaste el algodón en el vaso y bebiste del bote. "¡Mierda!", escupías. La situación no dejaba de ser graciosa y yo lamenté la falta de consistencia de tus encías de pladur. "Si la alcayata se hubiera afianzado en tus premolares podríamos colgar un cuadro", bromeé. "¡Has vuelto a beber!", me soltaste. "¡Mira quién habla. El señor que acababa de echarse un trago de alcohol desinfectante!", respondí. Luego me puse a llorar. Porque hago todo lo que puedo. Te lo juro. Porque esto es todo lo que puedo ofrecerte: un balón de plástico y siete alcayatas de acero o de latón, de rosca o de clavar, grandes o pequeñas. Me llevé las estándar porque según el ferretero, valían para cualquier cosa. También para demostrarte mi amor. Qué otra cosa propones con el dinero que me dejas. Bloqueaste mi cuenta por lo de mi afición al vino, por lo de mi afición a las tragaperras del ?Roxi Palace?, por lo de olvidar dinero en los sombreros de los mendigos. El otro día, el día más frío de este invierno, crucé los porches donde duermen y uno de ellos, agarrado a un cartón de vino, gritó: "si sigue nevando así, me voy a misa de una a dar pena". Te he regalado tantas veces la misma cosa... La misma pluma envuelta en Navidad y vuelta a envolver la Navidad siguiente; el mismo disco de Eric Clapton remasterizado por otra compañía; un beso igual a otro beso y en cada sexo, los mismos labios. Seamos honestos. No estoy borracha por haber bebido. Bebo porque estoy borracha. Borracha, ebria, embriagada de las flores del cementerio y de esas otras. Las que tú me regalas por mi cumpleaños. Cada doce de junio, esa docena de rosas que son como una afrenta. Como si me dijeras: "esto sí que es un regalo. Aprende". Y tú tienes que conformarte con siete alcayatas y un balón. Papel de lija a fin de mes, cuando sólo me quedan sesenta céntimos. "Para regalo, por favor", le digo al ferretero. A base de ponerte algodón entre el labio y la encía, dejaste de sangrar. A base de concentrarme en tu herida, dejé de llorar. Ennces me sorprendiste. "Toma", me entregaste otro sobrecito. Siete hembrillas de hierro cincado. Siete hembrillas estándar para mis siete alcayatas estándar. Las clavamos en la pared del pasillo. ¿Qué prenderemos de ellas? ¿Láminas de jazz? ¿Acuarelas? ¿Aprovechará una araña la infraestructura para tejer su red? De una patada, enviaste el balón al cuarto del fondo. Giraba en una esquina y al girar, daba la impresión de que el perro con el cubo entre los dientes se ponía a correr. Nada más que una ilusión. La cuna vacía. Alisé un pliegue de la colcha y tú pusiste una mano en mi vientre. "Sólo te necesito a ti", me besaste. Y yo qué sé. Yo qué sé. Si ahora nevara, si no dejara de nevar hasta el mediodía, iría a misa de una. A dar pena.

miércoles, 24 de febrero de 2010




El piano


VIDEO: Youtube

martes, 23 de febrero de 2010




El secreto de la voz


FOTO: Bocas cerradas. Acuarelascardesin.blogspot.com


Conmoción. Así es como salí el sábado del cine, conmocionada. La causa, El secreto de sus ojos. Por alguna razón, quizá el título me parecía algo meloso, yo ni siquiera la había considerado. Pero M. A. insistía en que valía la pena y no dudó en acompañarme a verla, él por segunda vez, lo que teniendo en cuenta los precios que se gasta el cine no dejaba de ser una buenísima señal. Apenas pestañeé el tiempo que duró la película. Drama, humor, intriga. Soledad, amor, justicia. ¡¿Justicia?¡ La peor forma de justicia que puede infligírsele a un ser humano, ¿cuál sería? ¿Cárcel, pena de muerte, trabajos forzados…? ¿Tal vez el silencio? No, no su silencio, sino el de los otros, el de su carcelero, la única persona que en este caso, juez y parte a la vez, podía suavizar su condena. Veinte años de silencio absoluto. Ni una sola palabra. Veinte años sin oír una voz. Veinte años de nada. "¿Cómo se pueden vivir veinte años de nada?", le pregunta Ricardo Darín a Soledad Villamil sin saber que pocos fotogramas después se encontrará de cara con la nada suprema, la del silencio, el castigo para el culpable, y tendrá que enfrentarse a sí mismo y a la disyuntiva de rebajar o no la condena al culpable simplemente pronunciando para él una palabra. "Dime algo" le pide el condenado. Pero no. Silencio. Nada. Dos décadas de nada en una secuencia de apenas un minuto que te devuelve a la calle sin aire, conmocionado, sin palabras.


sábado, 13 de febrero de 2010




Voces: Javier Sáez de Ibarra

Como hace el águila no es no moverse, sino ir con ellos desde arriba, surcar con la cabeza alta y el cabello despeinado de la brisa. Ir con ellos, no detenerse, no estorbar, esto es, fluir. Y digo he de fluir, he de obedecer, he de ser uno más, sí, uno cualquiera, el hombre desconocido, eso es, el personaje al comienzo de una película del que el espectador no sabe aún nada, pero enseguida va a tener una historia que contar, ¿no? Naturalmente, descubriremos algo interesante sobre él, de él, en él, por él, algo así. El hombre que parecía anodino de pronto se descubre protagonista, inteligente, valeroso, original, inverosímil, altivo, enamorado. ¡Yo podría ser! Ese personaje en la película, después de que alguien me mira y me descubra. Una verdadera águila, un sol, una pequeña estrella, un zafiro, un amoroso ente de ficción que se quedará en el recuerdo.

JAVIER SÁEZ DE IBAR
RA: "Detención", en Mirar al Agua

lunes, 1 de febrero de 2010




Piel salada



Yo tenía una granja en Africa, al pie de las Montañas de la Luna. Las nieves del macizo alimentaban el nacimiento del Nilo, y la granja se asentaba sobre una suave meseta. Durante las treguas que la lluvia nos regalaba, las cumbres seguían ocultándose bajo el vidrio opaco de la neblina. Sudaban las sábanas, los manteles, las palabras y el aire dejaba en la boca un sabor a mundo oxidado y desleído. El mismo suelo te persuadía de la inutilidad de entregarse a arañar la tierra, invitándote a un largo entreacto de vaivén de mecedora, gramófono y jarras de té muy frío. Se adivinaban las últimas horas de la tarde por el chascar de las hojas de helecho bajo los pasos perezosos de las fieras.

Como a mí, al leopardo de las pupilas rosa no le cabía el modo de renunciar a Mozart. Allí estaba, escuchando para mí. O acaso lo que le traía hasta mi casa fuese la esterilla del porche, donde, en lo que duraba la pieza al menos, asistía incrédulo día tras día al poderoso milagro de que sus patas al fin se secasen. Así supe que a los leopardos no les gustan los pies mojados. Yo, sentada sobre la esterilla junto a él, inventaba historias de exploradores que se perdían entre aquellas nubes que nevaban nuestra cordillera, mientras el Concierto para clarinete sonaba en el enmudecido morir de la tarde y él rascaba con sus garras, distraído, las tablas del suelo, el aire, la piel siempre húmeda de mis piernas.

Siguió viniendo a mi casa mucho tiempo. Le mostré mis porcelanas, mis telas, mis libros, los tuvo en sus manos y se paseó entre ellos, y una vez al menos me sonrió. Al recordar ahora la gravidez de su mirada rosa aquel mediodía en que una de sus garras me levantó la piel y la volvió salada, vuelvo a respirar ese aire flotante en la quietud, la humedad de las tierras altas de África, el olor de su pelaje cuando yo se lo lavaba. Nunca llegué a ponerle un nombre. De haberlo hecho, probablemente se habría llamado Denys, y ahora se encontraría en algún lugar recóndito allá arriba, lejos de mi casa, en un lugar civilizado en medio de la selva.



domingo, 31 de enero de 2010




MEMPHIS la BLUSERA

Angelitos culones
, del álbum del mismo título.


martes, 26 de enero de 2010




Jazz for Readers

Hoy he puesto música y he bailado en el salón de casa, con las luces apagadas y el pijama de invierno. Sin pensarlo, sin ningún motivo. Jazz para lectores, decía el título del cedé, y a lo mejor ha sido eso, o que el suelo del salón estaba hoy más liso que nunca, sin restos de arena traídos de la calle ni cabellos perdidos ni gotas pegajosas de bebidas refrescantes. Nada, ni el más ínfimo obstáculo donde pudieran tropezar los pies. Los muebles, pegados a las paredes, me hacían sitio entre dos hileras que bien hubieran podido ser todos mis amantes alineados, los actuales, los perdidos, los olvidados, los recientes, incluso los que aún no han sido pero serán. Todos aguardando a la siguiente pista o a una variación del ritmo para sacarme. Es increíble lo tímidos que pueden llegar a ser los amantes a veces, como los primeros acordes de una melodía por componer o el último sorbo de un licor madurado entre flores.

¿Bailas?, he oído que alguien decía de pronto detrás de mí, a la altura más o menos de la librería de cerezo. Y, antes de volverme, he aceptado su invitación sin una palabra, con el simple gesto de ofrecerle mis brazos extendidos; palpitantes los pies, los ojos apretados a fin de oscurecer, de preservar más si cabe el enigma necesario de su identidad. Los altavoces, en ángulos oblicuos de la habitación, liberaban un golpe de metal al tiempo que él me tomaba sutilmente de los codos. No de la cintura, no, y eso me ha cogido desprevenida. Me ha gustado. También yo he buscado los suyos en el aire, mientras me conducía a ritmo de saxo hacia el fondo del salón, pero no estaban, ni sus codos ni sus antebrazos ni sus dedos, y su ausencia ha convertido nuestras vueltas sobre el gres cuadriculado en una especie de baile de mariposas.

No hemos sucumbido a las confidencias al oído, a la niebla sepia de las biografías sonrosadas, aunque después de un solo de clarinete, no sé por medio de qué acrobacia, le he sentido besarme la nuca. Le hubiera reprochado el atrevimiento, esas confianzas de viejos conocidos que aciertan siempre a dar donde más duele; pero en la oscuridad, cualquier cosa que se diga acaba resbalando por el trampolín de la inexistencia, como si no se dijesen, como notas musicales que una vez han sonado se desvanecen en la nada. Es posible que en el último giro, él haya dicho algo. No estoy segura. Ha sido hacia el final de These foolish things, al pasar junto a la mesa de comedor y antes de cederme sin avisar a otros brazos. O tal vez eran los mismos, quién lo sabe. Francamente, una no se acostumbra a la oscuridad, a llamarles por otros nombres, a comprar tinto en vez de blanco, al pijama de invierno en la cama.

He bailado toda la noche con mis tímidos amantes, de uno en otro, por turnos. En círculos, como la luna. Cuando de mañana ha vuelto a salir el sol, el suelo del salón estaba casi perfecto, liso, impecable salvo por un arañazo profundo junto a la ventana, y cada cosa en su sitio: la lámpara de pie en forma de horquilla, el ídolo africano, el perchero con sus seis brazos de caracol, sin dedos, sin codos, sin antebrazos. Sonaban los últimos acordes de More than you know, Sonny Rollins.

jueves, 21 de enero de 2010




SIN CAFEÍNA

Las once es la hora del café. Claudia lo toma descafeinado: el café puro, los emails de desconocidos y los pañuelos de tela de caballero le quitan el sueño. A su compañero de enfrente, en cambio, le gusta un café del bueno, que se sepa que trabaja más que nadie y que su familia, adepta en su día al coronel, conserva aún un bloque de apartamentos allá en Valparaíso que todos los meses le da una renta.

Claudia y su compañero salen juntos a desayunar. Hoy, como siempre, descartan La Albahaca porque, aunque tiene buen café, está siempre hasta los topes y él tiene que volver rápido a la oficina. El Delina’s, dos calles más abajo, es un sitio majo pero un poco frío y un poco caro, y no tienen nunca descafeinado. Mejor la terraza del Instituto Göethe, en verano se está de muerte, tiene café café y además sirven en las mesas; una pena que hoy en la del fondo estén sentados los jefes supremos, sus acólitos y el chico nuevo de contabilidad, que ¡qué casualidad!, ayer mismo había desayunado con ellos.

¿Qué tal el Starbucks?, pregunta Claudia más a sí misma que a su compañero. Muy americano, contesta él, les llaman muffin a las magdalenas y te preguntan tu nombre para ponerlo en el vaso, le tratan a uno como si fuese un crío; vamos al VIPS. La cola del VIPS llega hasta la calle y son ya casi las once y veinte.

Vuelven a la Albahaca para estar más cerca del trabajo. Un café solo, un descafeinado y un trozo grande de bizcocho de manzana, este último para él. Y la cuenta que vamos tarde. Cuando llega, Claudia y su compañero miran la cuenta sobre el platillo de porcelana y echan mano, ella al bolso y él al bolsillo. Saca cada uno un billete y los ponen en la mesa.

Pago yo, dice ella, tú pagaste ayer. Sí, pero tú no has comido, dice él. Pero me toca a mí, insiste Claudia. Él se empeña en que ni hablar, porque ella nunca come. Vale, pues a medias entonces, propone ella. ¡Buaah, eso es muy cutre, queda fatal!, protesta él mirando el reloj al tiempo que se limpia con la lengua una miga de bizcocho que le ha quedado en el labio. ¿Entonces?, pregunta Claudia. Venga, vamos que nos vamos que estoy hasta arriba, responde él, mientras condescendiente retira su billete de la mesa: venga, si te empeñas, ya pago yo mañana. Son las once y veintinueve, pero por el camino aún le da tiempo a contarle otra vez a Claudia lo bien que se les conserva el edificio familiar, allá en Valparaíso.

miércoles, 13 de enero de 2010




Música en los pies


Madrid, 11-1-2010

jueves, 7 de enero de 2010




Melchor, Gaspar, Baltasar y...



No me queda más remedio que defender la causa perdida del cuarto Rey mago que, un adelantado a su tiempo, ya por entonces empezó a decir NO a los NOES. Por el camino se paraba a dar SÍES a todo y todos cuantos se le cruzaban, mientras sus tres colegas continuaban camino tras la estrella sin detenerse. Él, claro, perdió la estrella de vista, se salió de la ruta y no llegó nunca a adorar al niño. Nadie ha vuelto a hablar de él, nadie le conoce, nadie le espera, por lo que, aprovechando su anonimato, el cuarto Rey mago ha terminado haciéndose constructor y vendiendo parcelas de mundo en excelentes calidades, y en primera línea de la irrealidad.


lunes, 4 de enero de 2010




Non, Je ne Regrette Rien

Más que una voz, una historia. Más que una canción, un himno. Más que un final, un comienzo.

No, no lamento nada
No! Nada de nada,
No, no lamento nada
Ni el bien que me han hecho,
Ni el mal,
Todo eso me da igual!
No! Nada de nada,
No, no lamento nada.
Está pagado, barrido, olvidado...
Me importa un bledo el pasado!
Con mis recuerdos
He encendido el fuego,
Mis penas, mis placeres…
Ya no los necesito!
Barridos los amores
Y todos sus temblores,
Barridos para siempre,
Vuelvo a empezar de cero.
No! Nada de nada,
No, no lamento nada.
Ni el bien que me han hecho,
Ni el mal,
Todo eso me da igual!
No! Nada de nada,
No, no lamento nada.
Porque mi vida,
Porque mis alegrías,
Hoy comienzan contigo... !


A mi madre, barridos al fin todos sus temblores.


Non, Je ne Regrette Rien. Letra: Michel Vaucaire. Música: Charles Dumont. Interpréte: Edith Piaf, 1962 (Youtube)

lunes, 28 de diciembre de 2009




ETC



Esta mañana he conocido a Luzmaría y Marta, las editoras de Ediciones Torremozas, y he pasado un rato muy agradable con ellas. El culpable: Senderos sobre el abismo (Nietzsche enajenado), el libro que contiene los relatos ganador y finalistas del XXI Premio Ana María Matute de Narrativa de Mujeres.

Ha venido a mis manos calentito, con el rostro algo enrojecido pero fotogénico y muchas ganas de dejarse oír, como los bebés recién nacidos y justamente en Navidad.
La verdad es que hacía más de nueve meses que lo esperábamos, y mira por dónde ha sido hoy, día de los inocentes, cuando por fin he podido traérmelo a casa y aquí lo tengo, mirándome con ojos pícaros, haciéndome monerías para que lo coja, le haga cosquillas, le rasque la tripita y, seguramente, cuando tenga la guardia baja, colgarme el monigote en la espalda y descubrirme su verdadero yo de Hombre hecho y derecho.

Dos de esos cuentos tienen como escenario una peluquería y, precisamente, ante mi curiosidad (por no decir inquietud), me comentaban Luzmaría y Marta que nada más lejos de la realidad el pensar que, al tratarse de un premio de narrativa escrita por mujeres, dicha ambientación sea el motivo por el que los mismos han resultado elegidos. Ellas reivindican la categoría de narrativa de mujeres, por llamarla de algún modo, dentro de la literatura; una categoría que, dicen, a diferencia de otros países, en España cuando se menciona siempre va acompañada de la connotación y la oblicua sombra de los eternos temas femeninos, idea errónea que las editoras de Torremozas entienden debe desterrarse.

Al margen de categorías literarias o no (que no comparto del todo deban existir), algo probablemente sepan ellas de esto, de la neutralidad o la universalidad o, puestos, el hermafroditismo de la literatura actual escrita por mujeres, ya que llevan más de veinte años publicándola, especialmente poesía, y convocando el Premio Ana María Matute de Narrativa de mujeres. Para ejemplo, valgan quizá estos siete relatos que conforman Senderos sobre el abismo (Nietzsche enajenado), de la colección Ellas También Cuentan (ETC).

Enhorabuena a las autoras y gracias a las editoras por su estupendo trabajo y sobre todo su cercanía.

martes, 22 de diciembre de 2009




MÁSCARAS

El padre tira una moneda al aire. Sale cara, lo que significa que el único disfraz, de angelito este año, lo usará el hermano mayor. El pequeño aunque decepcionado no echa una sola lágrima. La verdad es que le habría encantado llevarlo él. Siempre antes de dormir le desean dulces sueños, con coros de angelitos; pero él apenas sueña y si lo hace no recuerda lo soñado, o sí, pero nunca angelitos, sino payasos sin nariz, títeres ardiendo, mascotas sin hermanos, lápices de punta muy fina.

Y otro año, sin disfraz, el pequeño corre a jugar al parque. Dos niñas de su edad juegan a la comba. Una de ellas, al verlo, suelta de golpe la cuerda y se lo señala a la otra con el dedo.

—Mira ahí —le dice bajito—, el demonio.


Finalista del I Concurso de Microrrelatos Museo de la Palabra y publicado en Más allá de la Medida

lunes, 21 de diciembre de 2009




THE SNOW MAN, de Ted Eshbaugh

Y van dos. Esta noche ha vuelto a nevar en Madrid. Como no hay dos sin tres y mañana además se juega la Lotería, ojalá una tercera nevada nos sirva de amuleto (por aquello de año de nieves, año de bienes) y nos veamos entrando en el 2010 a bordo de un quitanieves, en vez de en el trineo de Papá Noel.

Por si alguien no ha hecho nunca un muñeco de nieve, Ted Eshbaugh os enseña cómo hacerlo en la versión original de The Snow Man, producida por Van Beuren Studios en 1932.

¡¡¡Feliz Nievedad!!!


VIDEO YOUTUBE: http://www.youtube.com/watch?v=VWQU1nP61Ms

martes, 15 de diciembre de 2009




Voces: Margaret Atwood

Pinto la silueta de una princesa, de una normal y corriente, con el busto estilizado de una modelo y cara infantil, como las que hice para Cuentos de hadas favoritos. Antes me indignaban, las historias nunca revelaban las cosas esenciales sobre ellas, como lo que comían o si sus torres y mazmorras tenían cuartos de baño, era como si sus cuerpos fueran puro aire. No era la capacidad de Peter Pan para volar lo que lo hacía parecer increíble a mis ojos, era la falta de un retrete junto a su refugio subterráneo.

Margaret Atwood, Resurgir

martes, 8 de diciembre de 2009




Hacia el oeste (Going West), de MAURICE GEE

Leo en Internet que Maurice Gee es uno de los más importantes escritores neozelandeses vivos, con una carrera literaria de más de medio siglo.

No lo conocía hasta que una amiga me ha hecho llegar su corto por correo electrónico, pero al parecer ha recibido premios prestigiosos tanto en Nueva Zelanda como fuera de ella. Entre otros, fue reconocido en 2003 como Artista Icono por la New Zealand Arts Foundation, y su novela Plumb galardonada en 2004 con el James Tait Black Memorial Prize, el premio más antiguo y prestigioso otorgado en Gran Bretaña a la literatura escrita en lengua inglesa y que también han recibido escritores como E. M. Forster o Graham Greene.

Going west es un corto de animación promovido por el Consejo del Libro de Nueva Zelanda, a partir del texto de Maurice Gee e ilustrado por Andersen M Studio.

lunes, 7 de diciembre de 2009




El silencio de las palabras:
Chus Arellano



Chus Arellano es poeta, lexicógrafo y profesor. Yo le conocí primero en esta última faceta, cuando me apunté a su curso de poesía en el centro cultural de un popular barrio de Madrid. A aquel grupo, en ese momento, solo asistían dos personas. Por experiencia sé que determinados cursos (idiomas, bailes de salón, taichi, batuka... ) venden mejor que otros (poesía, escritura creativa... ), según los barrios en los que se oferten. El caso es que las clases de Chus eran magníficas, de primerísima calidad, y a él no parecía importarle desplazarse hasta una zona que no cogía precisamente de paso a nadie, ni si enseñaba para dos o para veinte. Su entusiasmo era el mismo y su profesionalidad indiscutible.

Poco después asistí a uno de sus recitales-exposiciones-proyecciones, que no sé bien cuál es el término acertado para referirse a un espectáculo en el que se combinan la poesía, la imagen y el sonido. Solo sé que me gustó mucho.

Nadie mejor que él para aproximarnos a su obra, y así lo hacía al presentar su espectáculo poético en el Centro Cultural Blas de Otero de San Sebastián de los Reyes:

Poesía Perlocutiva, por Chus Arellano:

“Partiendo “absolutamente” de la teoría de los actos de habla, este espectáculo poético pretende inmiscuir al público en los vericuetos que sigue la poesía de hoy en día; demostrar que la palabra nos habita antes, después y a pesar de los poetas; aprovechando técnicas heredadas de las vanguardias, de la experimentación o de la poesía popular y tradicional, se propone un espectáculo que pretende desmontar el clásico recital poético; para ello se vale de elementos visuales, de literatura potencial o de la incorporación de nuevas tecnologías; como muestra un botón, léase (o véase) el poema titulado pacifismo:


PIM
PAZ
PUM”



Chus Arellano ha participado en la realización de Clave, Diccionario del Español Urgente (Agencia EFE) y de REDES, Diccionario Combinatorio del Español Actual (dirigido por Ignacio Bosque), y su poesía se ha publicado en diversas antologías.

Os dejo con algunos de sus poemas, donde la palabra disfruta de un doble protagonismo, como herramienta de expresión y como objeto poético. Espero que os gusten.



Caza


Hay un amor al silencio en todas las palabras;

una tendencia a desaparecer lo antes posible;

una pausa entre cada sílaba por la que se quieren

colar; hay algo que ellas saben más que ellas, al-

go de donde vienen y a donde van; pero en si-

lencio, como animales que se saben deseados.



Siesta


Después del luego, la marea -mareo- de todas

las palabras toma su asiento en la mesa redonda

del recuerdo; la memoria recuece en sus altos

hornos la mesa enunciativa y se hacen con ellas

una sábana, en la que se echa a dormir, más o

menos a las cuatro de la tarde.



Eco
post scríptum

¿Como si se pudiese hablar, así como así, de todas

las palabras?

sábado, 5 de diciembre de 2009




Voces: Carlos Castán

Un viaje, además, tiene siempre un reverso, una cara oculta que no por permanecer invisible debe dejarse de tener en cuenta: viajar no sólo es transportar tu presencia a otros parajes, sino crear tu falta en el lugar en que vives, hacer que alguien diga «¿Dónde andará aquella sombra que acostumbraba a errar por estas calles?» o «¿Habrá muerto ya el tipo que solía acodarse en la esquina del final de la barra?», y la construcción de ese hueco, de ese vacío en el aire, supone a veces una aventura mayor, aunque secreta, que las vividas en los días de carretera.

CARLOS CASTÁN, Sólo de lo perdido