jueves, 28 de mayo de 2009




VOCES: Agota Kristof


Las palabras que definen los sentimientos son muy vagas; es mejor evitar usarlas y atenerse a la descripción de los objetos, de los seres humanos y de uno mismo, es decir, a la descripción fiel de los hechos.

Claus y Lucas


martes, 26 de mayo de 2009




BUTOH y MORFEO



Me comentaba hace tiempo un amigo que, para él, quedarse dormido en una ópera o en un concierto de música clásica, no era síntoma de aburrimiento, sino una prueba inequívoca de lo lejos que uno u otro le habían transportado, del enorme placer que le habían procurado.

No es que yo sea de las que necesitan meter los dedos en el enchufe para creer en la electricidad, pero hace pocas semanas viví una experiencia muy parecida mientras asistía al espectáculo de danza butoh, El río de verde musgo-desde la orilla opuesta, una de las propuestas del Festival Madrid en Danza de este año —supongo que no es casualidad que, por esos mismos días, pegase fuerte en las salas la película Cerezos en flor, de la directora Dorris Dörrie, donde el butoh asume un papel importante en la pulsión de la trama.

Lo cierto es que, tras los primeros minutos de desconcierto —hasta pocos días antes no había oído siquiera hablar del butoh—, en los que mi deformación de espectadora de danza y teatro al uso me llevó a tratar de encontrar, como en aquellos, la supuesta segunda lectura de lo que estaba presenciando, mediante la asociación entre música e imágenes o movimientos; tras esos primeros instantes de extravío, decía, enseguida pude darme cuenta de que en el butoh no caben asociaciones ni intentos de desciframiento que valgan, salvo en todo caso el de uno mismo.

Parecería que la música, en principio, debiera ser un ingrediente imprescindible para un espectáculo de estas características; y lo es, claro que sí, pero solo en su forma más minimalista, apenas una excusa —la prueba es que el bailarín principal, Dakei, es sordo— para poner al espectador en contacto con su propia música interior, con el espectáculo que en ese instante está sucediendo dentro de sí mismo, en su intimidad, y, de algún modo, “curarlo” de su sordera con respecto a ésta.

Los sonidos, mínimos, esenciales, fugaces actúan como gotas que lentamente van perforando capas mucho más allá del oído. Hasta que dejan de ser sonidos y revierten en voces. O eso al menos es lo que yo acabé escuchando: voces y palabras. Unas palabras un tanto raras, porque no dicen, no cuentan, no significan, pero desde luego hablan, hasta un punto en que ya no requieren ni del cuerpo de Dakei ni de la percusión ni del koto, no se requieren ni siquiera a sí mismas para seguir hablando; porque el espectador para entonces ya ha logrado hacerse con el turno de palabra, se ha recostado en el asiento, ha cerrado los ojos, ya no ve ni tampoco oye y, sin embargo, como un buen microrrelato, no para de hablar o, mejor dicho, de hablarse, de intuirse, de interpretarse. Y entonces, cuando la luz vuelve y las voces callan, en la fila seis, butaca cuatro, hay una espectadora que no se ha dormido, pero lo parece.


FOTO: MADRID CULTURAL
(Fuente, Teatro de la Abadía)

lunes, 18 de mayo de 2009




BENEDETTI, EN EL LADO OSCURO DEL CORAZÓN

La primera y única vez que pude ver y oír al poeta en directo fue hace cinco años, en el Círculo de Bellas Artes, entrevistado por Concha García Campoy. Me encontré entonces con un chaval de solo ochenta y tres años. Y digo solo porque, a pesar del empeño de la entrevistadora en subrayar lo avanzado de la edad del autor y la cercanía inevitable de su muerte, Benedetti, con la habilidad para el regate de los que a la plena juventud suman también la plena lucidez que otorga la experiencia, supo culebrear entre las insistentes, innecesarias y groseras insinuaciones de la señora Campoy, que, incapaz de colocarse a la altura literaria, humana y periodística que el personaje exigía, desaprovechó una ocasión de oro para acercarse y acercarnos a todos un poquito más al autor.

Nos quedamos aquel día con ganas de mucho más. Pero yo, sobre todo, me quedé con la rebeldía del poeta que, cuando ya no pudo más y sin que se le moviera un pelo, acabó advirtiéndole a su entrevistadora que no tenía ninguna intención de morirse tan pronto, o algo parecido, que no recuerdo las palabras exactas, pero sí el hartazgo que traslucían a pesar de la diplomacia con que fueron expresadas.

Hoy, tras su muerte, me quedo con uno de sus poemas en la voz del actor Darío Grandinetti, Oliverio en la película El lado oscuro del corazón, el sueño de una realidad, del director Eliseo Subiela.


Video de Youtube

lunes, 4 de mayo de 2009





VOCES: Thomas Bernhard

... y lo volví a empaquetar todo y lo volví a atar. Pero no podía abandonar aquel paquete bien atado, tenía que llevármelo otra vez. Todavía hoy lo llevo y a veces lo abro y lo deshago, para volver a hacerlo y atarlo. Luego no sé más que antes. Nunca lo sabré, eso es lo que me oprime. Y cuando deshago además ese paquete ante testigos, como ahora, al desempaquetar estas frases rudas y brutales y muy a menudo también sentimentales y triviales, más despreocupadamente desde luego que con cualquier otra frase, no siento vergüenza, ni la más mínima. Si sintiera vergüenza, por pequeña que fuera, no podría escribir en absoluto, sólo el desvergonzado escribe, sólo el desvergonzado es capaz de hacer y deshacer frases y, sencillamente, soltarlas, sólo el más desvergonzado es auténtico.

El frío

martes, 28 de abril de 2009




LECTURA de MICRORRELATOS en TRES ROSAS AMARILLAS

viernes, 24 de abril de 2009



DISCURSO ÍNTEGRO de JUAN MARSÉ, al recibir el PREMIO CERVANTES

"Majestades, Señor Presidente del Gobierno, Señora Ministra de Cultura, Señor Rector de la Universidad de Alcalá de Henares, autoridades estatales, autonómicas, locales y académicas, amigas y amigos, señoras y señores.

Quisiera ante todo expresar mi agradecimiento a los miembros del jurado y a todas aquellas instituciones y personas que hacen posible, año tras año, el Premio de Literatura en lengua castellana Miguel de Cervantes. Me preceden, en lo más cercano de una larga lista de nombres ilustres, dos grandes poetas que admiro, Antonio Gamoneda y Juan Gelman, celebrados aquí en 2006 y 2007, y siento como si la poesía me tendiera la mano. Así que no podía esperar mejores valedores ni mejor acogida.

Porque la verdad es que yo nunca me vi donde ustedes me ven ahora. Los que me conocen saben que me da bastante apuro hablar en público. Créanme si les digo que el otro día, en Barcelona, antes de emprender viaje, tentado estuve de entrar en casa de don Antonio Moreno, que guarda la cabeza encantada y parlante desde los tiempos en que don Quijote y Sancho visitaron la ciudad, y traerme esa testa para que hablara hoy en mi lugar. A buen seguro que habría dicho palabras más sabias y de más provecho que las mías.

Sin embargo, la ilusión de recibir el premio que tan generosamente se me otorga se ha impuesto, venciendo las aprensiones. Sé lo que representa tan alta distinción y a lo que ella me obliga en el futuro. Aquí, ahora, se me ofrece también la oportunidad de exponer algunas consideraciones sobre mi persona y mi trabajo, pero antes quisiera, con su permiso, ampliar el capítulo de agradecimientos, evocando el recuerdo de algunos amigos que hace mucho tiempo, cincuenta años atrás, cuando empecé a publicar, me otorgaron su confianza y su apoyo. Algunas de estas personas están entre nosotros, otras se fueron ya. A todas ellas debo buena parte del alto honor que hoy se me concede. Son, en primer lugar, Paulina Crusat, desde su amada Sevilla y su generosa tutela, y desde Barcelona Carlos Barral y Víctor Seix, que en mil novecientos cincuenta y nueve me acogieron en su editorial, al frente de un irrepetible comité de lectura. Aquel comité estaba compuesto por Joan Petit, Jaime Gil de Biedma, Jaime Salinas, Gabriel y Juan Ferrater, Luis y José Agustín Goytisolo, José M" Valverde, Josep Mª. Castellet, Miquel Barceló, Rosa Regas y Salvador Clotas. Y no quiero olvidarme de los escritores amigos de Madrid, que por aquellos años nos visitaban a menudo, mis entrañables Juan García Hortelano, Ángel González y Pepe Caballero Bonald, y Gabriel Celaya y Juan Benet. Y de manera muy especial deseo mencionar a Carmen Balcells, mi agente literaria de toda la vida, de ésta y la de más allá, sobre todo desde el día que tomé prestada una ocurrencia de Groucho Marx y le dije: Querida Carmen, me has dado tantas alegrías, que tengo ordenado, para cuando me muera, que me incineren y te entreguen el diez por ciento de mis cenizas.

Antes de conocer a estas personas, que habrían de ser tan importantes en mi vida, yo no había tratado a nadie que tuviera que ver con la literatura, o con el mundillo literario. Prácticamente no había salido del taller de joyería de mi barrio, en el que entré como aprendiz a los 13 años, y me apresuro a decir que muy contento, pues la necesidad de llevar otro jornal a casa me liberó de un fastidioso colegio en el que no me enseñaron nada, salvo cantar el Cara al Sol y rezar el rosario todos los días.


Y cuando publico los primeros relatos en la revista Ínsula y la primera novela en Seix Barral, sigo en ese taller. Por cierto, que mis credenciales sociales y laborales, al darme a conocer en aquel estupendo grupo editorial, suscitaron ciertas expectativas, no estrictamente literarias, sino más bien ideológicas, asociadas a las premisas de un realismo social muy en auge por aquellos años. Fue algo presentido: nadie habló nunca de ello, pero flotaba en el aire la idea, la posibilidad posibilidad de que el recién llegado a la trinchera noble de las letras aportara una narrativa de denuncia, un testimonio objetivo y de primera mano de los afanes y las virtudes intrínsecas de la clase obrera. Yo podía quizás haber sido, lo digo sin un ápice de sarcasmo, el "escritor obrero" que al parecer faltaba en el prestigioso catálogo de la editorial. Halagadora posibilidad que a su debido tiempo, la fábula de un joven charnego del Monte Carmelo, desarraigado y sin trabajo, soñador y sin medios de fortuna, pero también sin conciencia de clase, se encargaría de desbaratar.

Confieso que no me habría disgustado satisfacer aquellas expectativas, entregar la gran novela sobre la clase obrera de la Barcelona de la postguerra. Pero lo que yo entonces deseaba de verdad, era abandonar el trabajo manual y disponer de más tiempo libre para leer y escribir.

Aquellos años de paciente trabajo artesanal en el taller podrían haberme dejado unos hábitos que, me gusta pensarlo, persisten al componer un texto. Pero la cocina del escritor nunca me ha parecido un sitio muy cómodo para recibir visitas. No me siento a gusto manejando teorías acerca de la naturaleza o la finalidad de la ficción. Para la famosa pregunta: ¿qué entendemos hoy por novela?, dispongo de mil famosas respuestas, que nunca, a la hora de ponerme a trabajar, me han servido de gran cosa. No me considero un intelectual, solamente un narrador. Los planteamientos peliagudos, la teoría asomando su hocico impertinente en medio de la fabulación, el relato mirándose el ombligo, la llamada metaliteratura, en fin, son vías abiertas a un tipo de especulación que me deja frío y me inhibe; bastante trabajo me da mantener en pie a los personajes, hacerlos creíbles, cercanos y veraces.

Con respecto al trabajo mantengo algunos principios, pocos, que bien podrían resumirse en dos: procura tener una buna historia que contar, y procura contarla bien, es decir, esmerándote en el lenguaje; porque será el buen uso de la lengua, no solamente la singularidad, la bondad o la oportunidad del tema, lo que va a preservar la obra del moho del tiempo. Ciertamente es un utillaje del que no puede uno presumir. Porque el oficio comporta, por supuesto, otras obligaciones y menesteres. Alguna vez he reflexionado sobre el asunto, pero no he llegado muy lejos; sobre la persistencia de la vocación, por ejemplo, en tiempos de silencio, o sobre el imperioso dictado de la memoria y sus laberintos.

Veamos si consigo explicarme.

En el origen de la vocación, allá por los años cuarenta del siglo pasado, habría en la imaginación del aprendiz de escritor un famoso esqueleto de leopardo sobre las nieves del Kilimanjaro, una imagen germina1 que evoca una senda recorrida, de la cual, sin embargo, no queda ningún rastro, ninguna huella. Sería algo parecido al recorrido del Minotauro en su laberinto. Nadie sabe si el monstruo podrá salir, si recuerda el trazado de su propia obra, los oscuros motivos que le indujeron a su construcción, y los meandros y detalles de su intríngulis. Nadie sabe si, en realidad, es prisionero de su obra. Sabemos, eso sí, que Teseo ha sido lo bastante ingenioso para tender un hilo que le permite rehacer el camino y salir. Pues bien, ese hilo, ese ingenioso ardid, no sería otra cosa que el relato literario, la forma inteligible que desvela la personal arquitectura monstruosa, al fondo de la cual se esconde el terrible constructor, con sus sueños y obsesiones, su verdad y sus quimeras. El escritor, en fin. Él es, a la vez, los despojos del remoto leopardo y el urdidor del trazado inextricable que lo encierra herméticamente en su propia obra. Frente a este misterio, o tal vez sería mejor decir frente a este galimatías, a tenor de la confusa exposición que temo haber hecho, siempre me reconfortó recordar algo que dejó dicho el gran poeta, y controvertido ciudadano, Ezra Pound: El esmero en el trabajo, el cuidado de la lengua, es la única convicción moral del escritor.

Lo suscribo, pero con la mayor cautela. Porque pienso que muchas cosas que se dicen o escriben, en el idioma que sea y por muy auténtico que éste se presuma, deberían a menudo merecer más atención y consideración que la misma lengua en la que se expresan. Actualmente los medios de comunicación son tan abrumadores y omnipresentes, se siente uno tan asediado las 24 horas del día por una información tan apremiante, insidiosa y reiterativa, que casi no hay tiempo para la reflexión. La televisión debería contribuir a reconocer y asumir la variedad lingüística del país, y es de suponer que en cierta medida lo hace, pero no parece que nadie se pare a pensar en los contenidos de esa televisión ni en su nefasta influencia cultural y educativa. A riesgo de equivocarme, soy del parecer que más de la mitad de lo que hoy entendemos por cultura popular proviene y se nutre de lo que no merece ser visto ni oído en la televisión. En la lengua que sea.

Como saben ustedes, soy un catalán que escribe en lengua castellana. Yo nunca vi en ello nada anormal. Y aunque creo que la inmensa mayoría comparte mi opinión, hay sin embargo quién piensa que se trata de una anomalía, un desacuerdo entre lo que soy y represento, y lo que debería haber sido y haber quizá representado. Dicho sea de paso, desacuerdos entre lo que soy y lo que podría haber sido en esta vida, como escritor y como simple individuo, tengo para dar y tomar, o, como decimos en Cataluña, per donar i per vendre. Mis apellidos, de no mediar el azar, podían haber sido diferentes, y mi vida también. Y puestos a elegir, la verdad es que yo hubiese preferido ser Ramón Llul o Miguel de Cervantes, por ejemplo, o Joseph Conrad, aquel marino polaco que, finalmente, escribió en inglés. En todo caso, con el nombre que tengo, con éste o con cualquier otro, nunca he querido representar a nadie más que a mí mismo.

Añadiré dos o tres cosas acerca de mi formación como ciudadano y como escritor. La dualidad cultural y lingüística de Cataluña, que tanto preocupa, y que en mi opinión nos enriquece a todos, yo la he vivido desde que tengo uso de razón, en la calle y en mi propia casa, con la familia y con los amigos, y la sigo viviendo. Puede que comporte efectivamente un equívoco, un cierto desgarro cultural, pero es una terca y persistente realidad. Y el realismo, además de una sensata manera de ver las cosas, es una corriente literaria muy nuestra, y que aún goza de un sólido prestigio, pese a los embates de la caprichosa modistería. En fin, no quiero instalarme en la identidad cultural para dar lecciones a nadie, y tampoco pretendo hacer aquí una defensa excesiva del realismo. Pero, como dijo Woody Allen en una de sus buenas películas, el realismo es el único lugar donde puedes adquirir un buen bistec. Quizá no estaría de más tenerlo en cuenta.

No voy a enumerar las anomalías que por imperativo histórico sufrió el aprendiz de escritor. Y la más determinante no fue aquella escuela inoperante y beatorra de la dictadura, la del lema Por el imperio hacia Dios, escuela donde ciertamente se prohibió leer y escribir catalán, y hasta hablarlo en horas de clase. No, no fue sólo por eso que un buen día me encontré manejando una lengua, y no la otra; fueron los tebeos y los cuentos que leíamos, las aventis que nos contábamos y las películas, las de amor y las de risa, y todo aquello que iba conformando nuestra educación sentimental, las poesías y el teatro de aficionados, las canciones de amor y las primeras novelas, ya no solo las de aventuras, de Julio Verne o Emilio Salgari, sino las de Baroja, Dickens, Balzac, o los cuentos de Maupassant y de Hemingway, o los versos de Gustavo Adolfo Bécquer y de Rubén Dario. Fue el vuelo solitario de la imaginación en los primeros tanteos de la escritura, cuando todavía el aprendiz de escritor no se propone reflejar la vida, porque la realidad no le interesa ni la entiende, y lo que hace es imitar y copiar a los autores que lee, es entonces cuando, de manera natural y espontánea, la lengua que se impone es la predominante, la de los sueños y las aventis, la lengua en la que uno ha mamado los mitos literarios y cinematográficos, la que ha dado alas a la imaginación.

Después, en plena adolescencia, don Quijote irrumpe en mi vida por mediación de un convecino, un gallego, vendedor ambulante de libros y enciclopedias, empeñado en colocarme un lote de novelas de Vicki Baum y Louis Bromfield, a pagar en cómodos plazos. Debo hacer constar que en casa de mis padres, en la postguerra, apenas había una docena de libros. Antes hubo muchos en lengua catalana, según mi madre, pero, después de una purga preventiva por razones de seguridad, sólo quedaron dos. La purga la efectuó mi padre, que había estado preso por rojo separatista y republicano. Uno de aquellos dos libros era de Apel-les Mestres, con hermosas ilustraciones de hadas y ondinas; el otro era un viejo volumen que recogía la historia del pueblo de mi madre, titulado: Notes Històriques de la Parroquia i Vila de l'Arboç, aplegades i comentades per Mossèn Gaietà Viaplana, rector de lArboç. Pasé con él muchas horas entretenido. Los demás libros habían sido sacrificados en una hoguera nocturna, en el jardín de una convecina, junto con un montón de revistas gráficas, agendas y carnets, fotografías, cartas y documentos diversos, cuya posesión, por aquellos días, debía resultar comprometedora. Acudieron otros vecinos, todos traían algo que pensaban debía ser quemado.

Era poco después de acabada la guerra, yo debía de tener siete años, pero recuerdo muy bien la fogata en medio del pequeño y sombrío jardín, los libros abriéndose al calor como flores rojas, las páginas desprendidas arrugándose y bailando sobre la cresta de las llamas, revoloteando un instante como grandes mariposas negras. Recuerdo la constelación de chispas y pavesas subiendo hacia la noche estrellada, la ceniza fugaz de las palabras y de las ilustraciones, sobre todo porque acabé pillando un gran berrinche al ver allí de pronto, devorado por el fuego, mi primer ejemplar de las hazañas del piloto Bill Barnes, el Aventurero del Aire, una novelita de quiosco de 60 céntimos, de la colección Hombres Audaces. Mi padre la había cogido por descuido junto con otros libros. Entre los que quedaron en la pequeña librería casera, salvados porque eran en lengua castellana, y que pude leer a su debido tiempo, recuerdo cuatro o cinco títulos: El libro de la selva, Genoveva de Brabante, Tarzán de los monos, Humillados y ofendidos y La historia de San Michele.

Cuando el Quijote entra en mi vida cumplo los 16, vivo en la barriada de la Salut, situada en lo alto de Gracia, cerca del parque Güell, y sigo en el taller. Años atrás había iniciado una intensa relación con la literatura de quiosco, y enseguida la amplié con autores que por aquel entonces, en los años cuarenta, gozaban de gran predicamento, como Somerset Maugham, Stefan Zweig, Knut Hamsun y otros. Y no tardé en descubrir a mis admirados Baroja y Galdós, a Dickens y a los grandes novelistas del XIX, que nunca me he cansado de leer.

Pero la primera lectura completa del Quijote fue, por supuesto, una experiencia especial. Si recuerdo bien, al tercer intento lo leí de cabo a rabo. Tardes enteras de domingo sentado en los bancos ondulados del parque Güell, en el otoño del 49, bajo un sol rojizo y en medio de un griterío de niños jugando en la plaza entre nubes de polvo. Una lectura germinal. Y siempre que he revisitado el libro, esa impresión germinal ha persistido. En el corazón del caballero chiflado que no distingue entre apariencia y realidad, anida, como es bien sabido, el germen y el fundamento de la ficción moderna en todas sus variantes. Por supuesto, el lector adolescente no se paró a pensar en eso. Ninguna teoría le distrajo entonces de unas aventuras tan descomunales y descacharrantes, sujetas a tantos desencantos y amarguras, pero hoy le gusta pensar que algo percibió de aquel prodigio fundacional, del remoto primer deslumbramiento que supuso aquella lectura. Me refiero, y no pretendo descubrir nada nuevo, al asunto que articula la entera composición del genial libro, la temática medular de la que nacerá, según opinión general, la novela moderna. Lionef Trilling dijo que toda obra de ficción en prosa, es inevitablemente una variación del tema de Don Quijote. Por mi parte sólo puedo decir que, desde no sé cuánto tiempo, quizá desde aquellas tardes soleadas en el parque de Gaudí, de un modo u otro, consciente o no de ello, he buscado en toda obra narrativa de ficción un eco, o un aroma, de ese eterno conflicto entre apariencia y realidad, que de tantas maneras se manifiesta en el transcurso de nuestras vidas.


Porque yo soy ante todo un lector de ficciones, un amante incondicional de la fabulación. Tan adicto soy a la ficción, que a veces pienso que solamente la parte inventada, la dimensión de lo irreal o imaginado en nuestra obra, será capaz de mantener su estructura, de preservar alguna belleza a través del tiempo.

Una excesiva dosis de realidad puede resultar indigesta, incluso para un adicto a la realidad y al bistec como Sancho y como yo. Se trataría de ser algo más lanzados en esta cuestión, un poco locos, y admitir la posibilidad de que lo inventado puede tener más peso y solvencia que lo real, más vida propia y más sentido, y en consecuencia, más posibilidades de pervivencia frente al olvido. Como nos enseñó don Quijote. Desde su primera salida al campo de Montiel, o desde la primera de sus famosas hazañas, él es el guardián del laberinto, el valedor de lo más noble, bello y justo que alienta en el corazón humano, el que vela por el espíritu, la vigencia y el esplendor de los sueños.

Debo referirme también, como complemento importante a una formación muy precaria, al cine y a sus queridos fantasmas. Porque cuando aún leía tebeos y novelas de Edgar Wallace y Karl May, el chico ya era muy peliculero, insoportablemente peliculero. Lo propició el hecho de que, durante cuatro años, entrara sin pagar en los cines de programa doble del barrio, y entonces había no pocos, gracias a que mi padre, por su trabajo en el Servicio Municipal de Higiene, Desinfección y Desratización de locales públicos, conocía a muchos porteros y acomodadores. Estoy por decir que gracias a las ratas de la Barcelona gris, penitente y mísera de los años cuarenta, el cine propició y redobló mi natural tendencia a la hipnosis ante cualquier género de fabulación. La facultad de embaucar, de fraguar ilusiones mediante imágenes, arraigó con el gusto por la lectura desde el primer momento, y, con el tiempo, pude celebrar las películas de John Ford, de Rossellini o de Mizoguchi, por ejemplo, con la misma o parecida intensidad que muchas novelas. Sabemos que algunas estrategias narrativas de la novelística contemporánea tienen su origen en el arte cinematográfico. Los Chaplin, Renoir, Lubitsch, Walsh, Lang, De Sica, Buñuel, Erice, Truffaut, Welles, Bardem, Berlanga y Azcona, Keaton o Hitchcock, por citar unos cuantos, nos hablaron de otra armonía posible entre los sueños y el mundo. Y en mi lista de personajes de ficción favoritos, Harry Lime y Viridiana son tan memorables como Julien Sorel o Ana Ozores. Cuando uno era todavía un mozalbete presumido, ir al cine era algo que formaba parte de la cultura popular, un rito semanal en el que participaba toda la familia, toda la comunidad. Descodificar el drama, la comedia o la aventura en las fotografías expuestas en el panel de la entrada de los cines, descifrar una sonrisa, un gesto, una mirada de los protagonistas, apartar luego las cortinas y penetrar en la oscuridad rasgada por una plata luminosa, era tan emocionante como adentrarse en la trama de una buena novela o memorizar un poema. A lo largo de más de tres décadas, desde los años veinte del mudo hasta mediados los sesenta, antes del auge y el abuso de la tecnología, el cine estableció con la novelística una alianza para intercambiar formas y contenidos, palabras sabias, mitos, una sensibilidad y una estética del gesto, y hasta unos hábitos de comportamiento. La novela asumió la impronta decididamente visual de la narrativa cinematográfica, el potencial simbólico de las imágenes y su cadencia, y el deseo de hacerle ver al lector lo que lee, que yo comparto, propició en la ficción literaria nuevas formas y tendencias.

También la memoria histórica y sus vericuetos y espejismos, un asunto tan de actualidad, podría ser comparada a una cinta de celuloide sensible e inflamable, con su apagada voz en off: Hace casi cuarenta años, trabajando en una novela donde se abrían muchas puertas a la memoria personal y a sus espejos deformantes, tuve que parar porque no daba con el tono en el que debía ser contada la historia. Había que escoger la voz, o mejor dicho, las diversas voces que tramaban la historia. Y no encontré la solución hasta que recordé el juego de las aventis infantiles, y, sobre todo, hasta que vinieron en mi ayuda estos versos de Antonio Machado:

En los labios niños
las canciones llevan
confusa la historia
y clara la pena.

Sabemos que el olvido y la desmemoria forman parte de la estrategia del vivir, tanto en la sociedad civil como en los estamentos del poder, sabemos que hablar de ello en nuestros días conlleva para muchos, todavía, una carga de dolor y resentimiento, suspicacias y malentendidos. "La memoria nos construye como seres morales", escribe José-Carlos Mainer, y añade: "pero también sabemos que es un hecho privado y mudable, fantasioso y mendaz". Hay una memoria compartida, que no debería arrogarse nadie, una memoria que fue durante años sojuzgada, esquilmada y manipulada. El lenguaje oficial había suplantado al lenguaje real. En la calle y en los papeles las palabras vivían bajo sospecha, muchas cosas parecían no tener nombre, porque nadie jamás se atrevía a nombrarlas, otras se habían vuelto decididamente equívocas y apenas podía uno reconocerlas. Las palabras acudían medrosas, emboscadas, traicionando el sentido al que se debían. Afectadas por el expolio y el descrédito, sometidas a la censura y al escarmiento, o destinadas a la impostura, de pronto perdían su referente, enmascaraban su verdadero sentido y cambiaban de significado. Entre las pomposas palabras que entonces nos caían desde los balcones y despachos oficiales, desde el cuartel y desde el púlpito, entre esas palabras fraudulentas y las palabras que la gente intercambiaba en la calle, en el trabajo y en casa -palabras de familia gastadas tibiamente, según testimonio del poeta-, había un abismo.

Este desacuerdo entre apariencia y realidad, entre lo que oficialmente se decía que éramos (adictos, felices, reconciliados, bien pagados, píos feligreses todos) y tal cómo nosotros nos veíamos en realidad, no tiene por supuesto nada que ver con el glorioso equívoco que propició la locura y forjó la leyenda de don Quijote. Pero son muchas, y todas vigentes, las lecciones que ofrece la obra de Cervantes. Y así, el aprendiz de escritor tomaría buena nota de la primera y más sencilla de todas ellas, esa que dice: Las cosas no siempre son lo que parecen. No lo eran entonces para el valeroso caballero, en aquel siglo tan pródigo en espejismos, y por supuesto tampoco lo son hoy. Sin ir más lejos, las famosas armas de destrucción masiva, por ejemplo, que no hace mucho tiempo algunos casi juraban haber visto, al final resultaron ser un par de zapatos.

Pero yo me estaba refiriendo a nuestros años de incienso y plomo bajo el palio de la luz crepuscular, aquel tiempo en el que no solamente la prensa y la radio, el Boletín Oficial del Estado y la Hoja Dominical mentían sobre lo que nos estaba ocurriendo, sino que hasta los espejos mentían. Y fue entonces, todavía en años de aprendizaje de quién les habla, cuando la imaginación echó una mirada sobre aquel expolio de la memoria, y le tendió la mano. Era una labor complementaria, en todo caso, porque imaginación y memoria, para el escritor, son dos palabras que van siempre entrelazadas, y a menudo resulta difícil separarlas. Ciertamente un escritor no es nada sin imaginación, pero tampoco sin memoria, sea ésta personal o colectiva, esté proyectada en la novela histórica de fecha más remota, o en la literatura de ficción científica más futurista y fantástica. No hay literatura sin memoria. Incluso la memoria trapacera puede hacer buena literatura. La tan reiterada advocación "hay que olvidar el pasado", lógicamente no se aviene con la naturaleza y la función de la escritura. Hay que acotar nuevas parcelas de la memoria, hacer más denso el laberinto, cuidando, pues, de dejar una traza de hilo, como hizo Teseo aquella vez, para poder volver al exterior, y contarlo. Sobre todo, en lo que a mí respecta por lo menos, persistir en la búsqueda de algo, que nunca he sabido definir, pero que tiene que ver, por encima de cualquier otra finalidad, con alguna forma de belleza.
"


lunes, 20 de abril de 2009




ANTONIO SERRANO CUETO, ganador del Premio El Basar de Microrrelatos

El pasado sábado 18 de abril, el gaditano Antonio Serrano Cueto se convirtió en el ganador de la quinta edición del Premio El Basar de Microrrelatos, convocado por Montcada Comunicació.

El autor premiado es profesor de Filología Clasica en la Universidad de Cádiz, y en su microrrelato El autobús circular ha recreado el mito griego de Caronte, encarnándolo en la figura de un conductor de autobús escolar.

Fueron asimismo finalistas del Premio, Marta Finazzi, de Girona, con Fers; Josep Martín Salat, de Montcada i Reixac, con Incredulitat; Esteve Compte, de Cornellà, con Batuda al barri, y Diego Rincón, de México, con Un hombre sentado ve a una niña bailar.

Tal como se anunció en el acto de entrega del premio, la sexta convocatoria del mismo presentará la novedad de iniciarse con la publicación de un libro de microrrelatos del ganador de la actual edición.


viernes, 3 de abril de 2009




XXI PREMIO ANA MARÍA MATUTE DE NARRATIVA DE MUJERES

El pasado 31 de marzo, Ediciones Torremozas falló el XXI Premio Ana María Matute de narrativa de mujeres. Al premio concurrieron 273 narradoras de diversos países, resultando ganador el relato titulado Senderos sobre el abismo (Nietzsche enajenado), de la madrileña María Jesús Franco Durán.

Las autoras finalistas fueron:

  • Rosa Alarcón Casal, con La tortuga y la porxada (Asturias).
  • María Victoria Albornoz Vásquez, con El amor, un error de cálculo (Colombia).
  • Clara Isabel Martín Muñoz, con Lágrimas de leche (Ávila).
  • Tirma Lina Pérez Escured, con Color violín (León).
  • Mª Mar Redondo Sampedro, con Lecturas (Madrid).
  • Rosa Gladys Ruiz de Azúa, con La escribidora de mortajas (Venezuela)

El jurado del concurso estuvo compuesto por Mª Dolores de Asís, Marian Izaguirre, Antonio Porpetta y Manuel Quiroga Clérigo.

El relato ganador, junto con los finalistas, serán publicados en un volumen de la Colección Ellas también Cuentan, de Ediciones Torremozas.

jueves, 2 de abril de 2009




EN LÍNEA



La taquillera del metro le indicó que tomase la línea naranja. Al llegar al hospital, una línea roja en el suelo del vestíbulo le condujo zizagueante hasta la ventanilla de citaciones. Ya en la calle, de vuelta a la oficina, tuvo que desviarse ligeramente de su camino ante una cinta amarilla que señalaba obras… A la hora de la cena hizo cola en un autoservicio cercano a casa: encontró las ensaladas al final de la línea blanca.

Cuando entró en su apartamento, solo tuvo que seguir el rastro de orina de la perra para orientarse hasta el dormitorio.


Finalista del V Premio de Microrrelatos El Basar Montcada Ràdio, y publicado en Microorganismes

martes, 31 de marzo de 2009




JAVIER SÁEZ DE IBARRA gana el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero


El 26 de marzo se falló el premio de narrativa breve con mayor dotación económica (50.000 euros) de España y Latinoamérica, convocado por el Consejo Regulador Denominación de Origen Ribera del Duero y la Editorial Páginas de Espuma.

Optaban al mismo como finalistas los escritores Fernando Iwasaki, con España, aparta de mi esos premios; el guatemalteco Eduardo Halfón, con Los cuentos del cuartel; el mexicano Pedro Ángel Palou García, con Demonios en casa; Juan Carlos Márquez, con Llegado el momento; Luciano González Egido, con Vísperas de la nada; y Javier Sáez de Ibarra, con Mirar al agua. Cuentos plásticos.

El jurado del concurso, compuesto por José María Merino, Ana María Shua y Eloy Tizón otorgó el premio por unanimidad al escritor Javier Sáez de Ibarra, cuyo libro de cuentos han calificado, entre otras cosas, de moderno, conmovedor y ambicioso.

La editorial Páginas de Espuma ha publicado anteriormente los volúmenes de relatos del autor, El lector de Spinoza (2004) y Propuesta imposible (2008).

Aunque habrá que esperar aún a la publicación del libro premiado, al menos podemos degustar el cuento que da título al mismo gracias a la cortesía de Fernando Valls, que lo publicaba ayer en su blog
La nave de los locos. Podéis leerlo aquí, que lo disfrutéis.

viernes, 27 de marzo de 2009




SHHHH


Un agente con silbato, una cría a quien le ha explotado el globo en la cara, varios congregados con y contra el trasvase interregional de partículas alfa en suspensión, un chapuzas de pico y pala, dos recién atracados, varios niñatos con MP3, una filarmónica de ancianos con tos asmática, 1808 japoneses en corrillo en búsqueda de tesoros, el equipo local de fútbol en traje de celebración...

Pasaban a su lado y él, dueño de su silencio, leía el reproche en sus caras.


Finalista del I Concurso de Microrrelatos Madrid 1808

jueves, 26 de marzo de 2009




EL VIAJE A LA LUNA, de GEORGES MÈLIÉS





“Georges Mèliés, creador del espectáculo cinematográfico”, se lee en su lápida del cementerio de Pére Lachaise en París.

Mèliés solo pretendía entretener al público, pero sus aportaciones, tanto técnicas como estéticas, ampliaron las posibilidades del cinematógrafo patentado por los hermanos Lumiére, más allá de la mera reproducción de imágenes reales en movimiento.

Georges Mèliés incorporó a sus metrajes muchos de los recursos de la magia y el teatro, que tan bien conocía y que tantas posibilidades ofrecían en lo que a creación de efectos especiales se refiere: desapariciones, transformaciones, simulaciones, etc. Otras veces, fue el azar quien intervino en el descubrimiento de nuevos trucos efectistas, como cuando estando grabando en la Plaza de la Ópera de París, la cámara se detuvo durante un minuto, mientras la vida en la plaza y su movimiento continuaban. “El truco de la substitución había sido descubierto”, diría el director después, al visionar lo grabado y descubrir que gracias a esa pausa fortuita “un ómnibus se convertía en un coche fúnebre y los hombres se convertían en mujeres”.

Pero la aportación de Mèliés al cine no queda solo en el aspecto técnico (travellings, fundidos, simulaciones…). Si bien no hay un verdadero interés argumental en sus historias, sí existe una voluntad estética, el deseo de crear imágenes poéticas. Más allá del trabajo de documentalismo, de filmación de la realidad que suponían las películas de los Lumiére, George Mèliés llevó a las suyas el universo de la fantasía, de la ficción, de la irrealidad, de la irracionalidad anticipándose a las propuestas que formularían los surrealistas veinte años más tarde. El ilusionismo y la teatralidad fueron para él herramientas clave para el desarrollo de un lenguaje en imágenes expresivo, sugerente, espectacular, capaz de seducir al espectador.

El viaje a la luna se considera quizá el máximo ejemplo de ello. Filmada en Francia en 1902, con un metraje de 14 minutos, Mèliés realizó en ella las labores de dirección, producción, diseños, efectos especiales y guión según las novelas De la Tierra a la Luna de Jules Verne y Los primeros hombres en la Luna de H. G. Wells. El fragmento que vemos, tomado de Youtube, tiene como fondo musical el tema Kalender del grupo austríaco "Attwenger".

VIDEO: Le voyage dans la Lune.Youtube


martes, 17 de marzo de 2009




REFORMAS

Entre las mesas de Laura y Fabiola, situadas frente a frente en el despacho, se interpone una columna cuadrada de sesenta por sesenta. Durante años, ninguna de las dos ha conocido más que una tercera parte del rostro de su compañera: apenas un ojo sin llegar al lagrimal, una aleta de la nariz como de pasada, algún incisivo cuando sonríen o hablan por teléfono y, en el caso de Fabiola, una pequeña fracción de los lentes de metal de Laura.

Solo una vez que a Fabiola se le cayó sobre la mesa el tiesto de amor de hombre y, mientras se inclinaba para recoger los destrozos, Laura tuvo la oportunidad de ver por un instante el flequillo en onda de su compañera, peinado hacia el lado habitualmente oculto.

Al principio de su convivencia, Laura le había contado a Fabiola que tenía un novio chapista llamado Féliz, a quien todos llamaban Félix, descreídos de que pudiera existir en el santoral semejante nombre. Al día siguiente, desde el otro lado de la columna, Fabiola le preguntó a Laura si le apetecía un café de la máquina mientras el despacho cogía calor e iban arrancando los ordenadores. Laura respondió que el café le quitaba el sueño y que hacía años que no lo tomaba. Fabiola, en cambio, confesó ser una auténtica adicta al café, a lo que Laura aseguró que, aunque ella no era muy adicta a nada, por lo general solían caerle bien los adictos a cualquier cosa. Y así, metidas en confidencias, acabaron por olvidarse del café de la máquina.

Hace unos días, la dirección de la empresa decidió acometer reformas en algunas plantas. Al estudiar los planos, los técnicos descubrieron que el pilote cuadrado que se interpone entre Fabiola y Laura carece de cualquier otra funcionalidad, salvo la de centralizar el espacio. Ambas acogieron la noticia con agrado. Cuando la columna de sesenta por sesenta desapareciera, dijo Fabiola, tendrían por fin la ocasión de conocerse como Dios manda. Laura, con un asentimiento, dio a entender que estaba de acuerdo.

De momento, y con el fin de ir acostumbrándose, convinieron en correr provisionalmente ambas mesas hacia el mismo lado. De esa forma soslayaban la columna y podían mirarse directamente. Aunque les costó gran esfuerzo, porque con los años y el peso las cantoneras que hacían de patas habían quedado prácticamente incrustadas en la moqueta, así lo hicieron. Corrieron las mesas. Con cierta emoción, el flequillo en onda de Fabiola (un mechón lacio color ceniza) y las estrías de sus labios se encontraron por vez primera con la papada flácida y los ojos acuosos de Laura. Al verse por primera vez de rostro entero, intercambiaron una sonrisa apocada.

La empresa no ha confirmado aún cuándo se llevará a cabo el derribo, pero Laura y Fabiola no dejan de repetirse la una a la otra las ganas que tienen de que ese día llegue. Y es que, desde que corrieron las mesas y pueden verse, han perdido el pudor entre ellas. Ahora se lo dicen casi todo.

Ayer mismo, sin acritud, Fabiola le sugirió a Laura que a poder ser evitase aporrear con tanta fuerza el teclado. Por su parte, Laura le mencionó a Fabiola el a todas luces singular, aunque inarmónico traqueteo de su calculadora al escupir la cinta con los cálculos. Luego fantasearon con la nueva decoración del despacho. Les costó ponerse de acuerdo sobre las paredes: Laura prefiere las marinas, Fabiola algo del estilo de Picasso. Laura odia los adornos navideños que a Fabiola, por el contrario, la remiten brevemente a la niñez y le ayudan a sobrellevar las circunstancias de la edad adulta año tras año: hace unos meses que los pies se le vienen quedando fríos y está que no se encuentra, le ha contado a Laura. Esta, que no ha cumplido aún los treinta, nació accidentalmente en Sevilla y en el mes de agosto, con lo que todavía están por llegar a un arreglo sobre la temperatura del despacho. En todo caso, ha dicho Fabiola, los de riesgos laborales tienen la última palabra. Laura se ha encogido de hombros. Luego ha cogido el mando de la calefacción para apagarla.

Fabiola no ha dicho nada, ha vuelto a sus tareas y ahora está sumando una montaña de facturas en la calculadora. Laura, levantando la voz por encima del traqueteo de la máquina, le pregunta por sus preferencias en cuanto a plantas. Resistentes, nada de flores y de poca agua: correveidiles para los alféizares, plantas del dinero sobre los armarios; tampoco estaría mal algún que otro geranio, son las sugerencias de Fabiola, pero Laura no se ha pronunciado. Ambas han coincidido, en cambio, en que un ficus benjamina bien frondoso en el hueco de la columna quedaría como nada. Como las dos son aficionadas a la jardinería, traerán algunos esquejes de casa. Y, por supuesto, aquí no cabe ninguna duda, el ficus lo comprarán a pachas.

domingo, 8 de marzo de 2009




QUISIERA SER TAN ALTO

Naim, quien ahora se hace llamar Jaime, aprovecha un hueco sin coches y deja la bandeja del té sobre el asfalto. Tan altas como palmeras, piensa de las farolas. Sentado en cuclillas, sirve unos cuantos vasos y espera. Ha bajado ocho pisos de escaleras hasta la calle, dejando atrás chirridos de puertas que se abrían y cerraban al tintineo del cristal en el cobre, al aroma del té donde hoy flota menta aunque a él no le sienta bien. Aun así lo prueba. Está caliente y muy dulce. Bebe a pequeños sorbos al tiempo que espera. Lo encuentra todo tan nuevo. Desde la terraza del tercero un viejo con buena puntería escupe y va a caerle muy cerca, casi atina en la bandeja del té. Naim no se inmuta. Bebe té de menta. Sigue esperando. Tan altos como las nubes, piensa de los edificios que le rodean.

El té ya no humea y es de noche cuando el viejo del tercero baja a la calle y coge un vaso de la bandeja:

—¿Lleva menta? —pregunta.

Naim asiente sin atreverse a mirarle.

—La menta me da ardor —se queja el viejo.

—También a mí —dice Naim, quien ahora se hace llamar Jaime, y que al alzar la vista tímidamente hacia el viejo se encuentra con el que piensa es, sin duda, un hombre tan alto como la luna.